El camino de calendario en la Copa América, una decisión controvertida

Trofeo de la Copa América Centenario Imago7

Hay dos fechas significativas en el desarrollo del fútbol de selecciones en América del Sur.

Una es 1916, cuando dio inicio la Copa América. La primera competición continental del mundo se llevó adelante con frecuencia en los primeros años -a veces anualmente- y fue la responsable del rápido ascenso en el nivel de juego. De hecho, hay una línea recta que conecta la Copa con el Mundial 14 años más tarde. Las medallas de oro de Uruguay en los Juegos Olímpicos de 1924 y 28 dejaron en claro que el fútbol había superado a los Juegos y necesitaba una competencia aparte, abierta a jugadores amateurs y profesionales.

Otra fecha importante es 1996, cuando Sudamérica modificó el formato de clasificación para la Copa del Mundo. Anteriormente, las diez naciones del continente se dividían en grupos y la clasificación era un proceso rápido. Ahora, sin embargo, todos pasaban a estar dentro de un gran grupo, enfrentándose en casa y de visitante entre todos, y usando las fechas de FIFA durante el curso de tres temporadas.

Esto les dio a los sudamericanos el tipo de calendario que los europeos daban por sentado, es decir partidos competitivos de manera regular e ingresos garantizados, con la posibilidad de contratar entrenadores de mayor calidad y de poder mantener el equipo unido. Desde entonces, la victoria de Brasil en 2002 fue la única vez que Sudamérica se quedó con el premio mayor. Pero el impacto en las naciones menos tradicionales ha sido inmenso; la competencia de 2006 fue la mejor Copa del Mundo en la historia de Ecuador, así como lo fue para Paraguay en 2010 y en 2014 para Colombia. Las mejores de Chile fueron en 2010 y 2014, con la excepción de 1962, en la que fueron anfitriones. Perú, de regreso en la competencia por primera vez en 36 años, les dio a los eventuales campeones, Francia, un partido competitivo mientras que Uruguay, que al parecer había renunciado, se recuperó con toda la fuerza en los últimos tres torneos.

Pero la expansión de la clasificación de cara al Mundial ha tenido un efecto negativo sobre la Copa América. Después de caer en desuso, la Copa regresó en 1987, y al principio se jugaba cada dos años. Desde 1996 en adelante, esto significó que había demasiado fútbol de selecciones nacionales en Sudamérica y la Copa pagó el precio. Los torneos de 1997, 1999, 2001 y 2004 bajaron de nivel debido a la presencia de equipos sin demasiada potencia y muchos escuadrones experimentales.

La CONMEBOL, la Confederación Sudamericana de Fútbol, pensó en una solución: hacer el torneo cada cuatro años y usarla como el puntapié inicial de los partidos competitivos. En el ciclo de cuatro años del continente, en el año que le sigue al mundial, sólo se juegan amistosos. Luego viene la Copa, y poco después arrancan los partidos de clasificación.

En esta organización racional, la Copa sirve de una especie de calentamiento y se gana un trofeo. Así funcionó en 2007 en Venezuela, en 2011 en Argentina, en 2015 en Chile y el próximo año en Brasil. Pero hasta acá llegamos, en la reunión del Consejo de la FIFA que se llevó a cabo el viernes pasado en Ruanda se decidió que después de 2019 la Copa se llevará a cabo en años pares.

Este sería un beneficio a corto plazo para la CONMEBOL ya que tendría luz verde para organizar una versión extra de la competencia en 2020. Pero la tentación sería intentar armar un torneo ampliado en los Estados Unidos, siguiendo el modelo de la Copa Centenario 2016. Y con la crisis del FIFA-gate pegándole duro a las finanzas de la CONMEBOL, esto tiene una evidente atracción.

A largo plazo, es difícil encontrar algún beneficio. Por un lado, la competición no encontrará un lugar adecuado dentro del ciclo de cuatro años, llevándose a cabo durante la campaña de clasificación en vez de precederla. Y, por otro lado, significará que la Copa se llevará a cabo en la misma época que su equivalente europeo y eso seguramente tendrá algún efecto en los ingresos. De todas maneras, podría funcionar para la FIFA. Esto deja, por ejemplo, a los mediados de 2023 sin competiciones para las selecciones nacionales )un hueco que la FIFA apuntará a llenar con algún lucrativo torneo a nivel global).

Esto es, entendiblemente, un tanto controversial. Pero, tal como están las cosas, el desequilibrio entre el fútbol de clubes de Europa y del resto del planeta es claramente un problema. Por lo que, si se llegase a organizar una competencia de clubes a nivel global y si la misma llegara a lograr alguna clase de reacomodamiento en el equilibrio de los clubes, entonces quizá 2023 será visto con un año clave en el desarrollo del juego.