El Negro lo merece

Ricardo González, el cuarto empezando desde la izquierda, con otros homenajeados 

BUENOS AIRES -- El martes 22 de septiembre de 2009 es una fecha trascendental para el básquetbol argentino. Ricardo González, capitán del seleccionado que conquistó el título del primer Campeonato Mundial, en 1950, ingresó en el Salón de la Fama de la FIBA, siguiendo los pasos de Oscar Pillín Furlong, la gran figura de aquel seleccionado, que se convirtió en el primer jugador argentino en ingresar a ese recinto, cuando se inauguró el 12 de septiembre de 2007, en Alcobendas, España.

Ya era entrada la noche en España, cuando encontré telefónicamente a Ricardo González en la habitación 1814 del Euro Star Hotel, ubicado en la zona de las torres de Madrid. El Negro, como lo llamo desde que nos conocimos en 1950, no se sorprendió: "No podía ser de otra manera, Eduardo. Como siempre estás junto a nosotros".

Y tuvimos una prolongada conversación.

-Quiero que me transmitas tus sentimientos.
-Estoy como si estuviese soñando. Pillín me había hablado de las maravillas de la organización, pero una cosa es que te lo cuenten y otra es vivirla. Estoy flotando en una nube de felicidad desde que partí en Ezeiza, con pasaje de primera, acompañado por mí esposa Rubi, también invitada por la FIBA. Fuimos a ver la final de la Eurobasket, en Katowice y después vino el acto, con la despedida, hace unos minutos, en este fabuloso hotel.

-¿Cómo fue el acto?
-El salón estaba colmado de personalidades del deporte en general, de organizadores de la sede olímpica Madrid 2016 y del staff completo de la FIBA. Entre ellas estaba Jorge Valdano. La ceremonia se realizó por la mañana. Rubi se sentó a mi lado, mientras que en el sector de invitados estaban tres amigos del Club Palermo -uno ellos es el ex jugador Trombetta-, que viajaron expresamente para estar presentes. Además, llegaron unos primos españoles.

-¿Qué sentiste cuando anunciaron tu ingreso?

-Estaba nervioso y emocionado. El primero en subir fue el ex entrenador español Pedro Ferrándiz. Después fue mi turno. La presentación la hizo el presidente de la FIBA, Bob Elphiston. Pero no sé lo que dijo porque no entiendo inglés.

-¿Te entregaron algo?
-Sí, un cuadro y una plaqueta de cristal.

-¿Y qué dicen?
- El cuadro consta de un pergamino que dice: "Hall de la Fama, Arcobendas, España. 22 de septiembre de 2009. Ricardo González forma parte de este Hall de la Fama". Hay una foto mía y detallada toda mi trayectoria en el básquetbol. La plaqueta de cristal está en inglés. Dice "Internacional Basketball Federation, Mister Ricardo González".

-¿Qué dijiste en ese momento?
-Como te dije estaba nervioso. Pero dije que le agradecía a quienes me habían propuesto para la distinción, que era un halago el poder integrar el Hall de la Fama y ver mí nombre junto a notables del básquetbol. Hablé también de mis compañeros, de los que todavía están y de los que se fueron. Y les dediqué el homenaje a ellos, al Club Palermo, mi segundo hogar, a mi familia y al básquet, en general.

-¿Algo más?
-Pasé uno días increíbles junto a los norteamericanos Bill Russell (ingresó en el hall en 2007), Oscar Robertson y sus familias. A Bill Russell le comenté que lo había marcado cuando él era universitario y jugó en Buenos Aires, con San Francisco Dons. Él me dijo algo gracioso: "Me acuerdo de tus codazos". El presidente del Hall de la Fama quedó encantado con nosotros y me regaló dos de los pendientes que colgaban en el salón, con los nombres de los ingresados. Los voy s dejar como recuerdo en el Club Palermo.

-¿Cuando regresas?
-Ahora nos vamos a pasar con Rubi algunos días. Ella se lo merece.

Y cotamos la comunicación porque justo en ese momento lo estaba llamando su hija, María Eva, desde Buenos Aires.

Y se despidió con su clásico: "Nos vemos en Palermo".

A los 84 años, Ricardo Primitivo González, en el momento que se había hecho justicia, continuaba derramando esa simpleza y humanidad propia de una cautivante personalidad, que lo llevó a ser elegido -por sus compañeros- capitán de diferentes selecciones argentinas.

Fue campeón mundial en 1950, medalla de plata en los Juegos Panamericanos 1951 y 1955, cuarto en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952, mientras que en los Juegos Olímpicos de Londres 1948, a los 23 años, fue la figura, junto con Furlong, del partido que Argentina perdió con Estados Unidos por un ajustado 59 a 57.

Increíblemente, buena parte de la generación de jugadores que lideró González junto con Oscar Furlong, vio frustrada su carrera en 1956, con una incomprensible sanción por profesionalismo, triste consecuencia de las internas políticas entre la Confederación Argentina de Básquetbol y la Revolución Libertadora, que un año antes había derrocado al gobierno de Juan Domingo Perón.

Increíblemente, uno de los responsable de tamaño error histórico fue Luis Andrés Martín, a quien la FIBA también incluyó en el Salón de la Fama en el mismo acto que lo hizo con González.

Martín fue reconocido, póstumamente, por su contribución al básquetbol mundial por su labor en la reglamentación de las leyes de juego, ya que fue un hombre vital en la evolución de las mismas. Por un lado, una notable labor; pero por el otro, una actitud imposible de justificar por más que hayan pasado ya más de 50 años, y muy a pesar de haber sido tomada en una época en la que el amateurismo primaba sobre el profesionalismo.

El Negro González me comentó: "Cuando hablé estuve a punto a hacer mención de esa situación, pero finalmente preferí callar…".

Recuerdo que una vez, cuando le hice una nota, al hablar de aquella sanción, me expresó: "Nos rehabilitaron después de 11 años. Ya éramos viejos y los jóvenes ya no eran jóvenes. Con todo aquello no ganó nadie. El único que perdió fue el básquet. No importa, vengo de una familia asturiana y por eso soy agradecido. Soy un agradecido al deporte y sobre todo al básquet por todo lo que me dio y pude vivir".

Así es, el Negro. Felicitaciones, amigo del alma.