Viaje a la ciudad de Federer

BASILEA -- ¿Pensarían que junto a cada catedral protestante de la zona turística de Basilea se instalaron gigantografías con la imagen de Roger Federer y la leyenda "Das ist der Gerburtsort des Grössten aller Zeiten", en español "aquí nació el más grande de todos los tiempos"?

¿Que se venden chocolates con su cara en relieve, la nariz rellena de frutilla? ¿Alguna estatua en su homenaje, visitada por turistas con cámaras de fotos? ¿Creerían que el torneo denominado Swiss Indoors abruma con la venta de productos relacionados con Roger? Nada de eso, apenas la señalética con su imagen en acción al llegar al estadio St. Jakobshalle, la campera de la Copa Davis de Suiza -que Roger no utilizaría en la próxima serie de febrero- a 118 francos, 125 dólares, en la zona de stands.

Fuera del torneo, Federer sólo aparece en el paisaje de Basilea cuando llegamos a los negocios cuyos dueños le aportan como patrocinadores: Credit Suisse, Jura, Lindt, Nationale Suisse... La ciudad recibe un frío inesperado para octubre, nevada y temperaturas negativas, mientras comienza la Herbstmesse, la Feria de Otoño, una serie de encuentros en plazas públicas con juegos para niños, venta e intercambio de productos típicos; una forma de combatir la depresión de los días grises por llegar.

El torneo es un acontecimiento relevante para Basel. Hay buses cuyos carteles electrónicos indican que "Swiss Indoors" será la última parada del recorrido. El campeonato figura en las guías turísticas. Sin embargo, la pequeña ciudad ubicada en el límite con Francia y Alemania está lejos de "paralizarse", aunque Roger sea protagonista y en calidad de Nº 1 del mundo por últimas semanas.

Aquí no es difícil darse cuenta que Federer "pega" con Basilea: ciudad tranquila, cosmopolita, diversidad de idiomas y etnias. Federer responde preguntas en inglés, alemán y francés en la sala de prensa y es pertinente citar una línea del libro "The Quest for Perfection", del colega René Stauffer: cuando nació en el Hospital Cantón en agosto de 1981, Robert y Lynette ya habían decidido que el bebé se llamaría Roger porque, "en algún momento, podría beneficiarle tener un nombre que pudiera pronunciarse en inglés".

La pareja tenía una hija, Diana, quien pese a ser la mayor siempre ocupa un segundo plano, contenta de cumplir ese rol. No se mete en los asuntos del hermano, pero se alegra por las victorias del pequeño Rogi. Durante la semana de Basilea, se la podía divisar mezclada entre la gente. Nadie la molestaba, no todos debieron haberla reconocido. Asimismo, a la salida del estadio, era frecuente encontrar a la madre de Roger, Lynette, esperando el coche oficial del torneo. Una de esas noches aparecí por atrás, casi de sorpresa, y la asusté sin querer. Se me iba el tranvía 14.

"Robert es el más normal de todos, habla con él", me sugirieron. Papá Federer se sentó a dialogar unos minutos; recordó la decisión de viajar a Sudáfrica para trabajar en Ciba, una compañía de productos químicos, y el regreso a Basilea ya con Lynette, a quien había conocido en el trabajo.

"¿Qué hubiera pasado si me hubiera quedado? Roger habría sido un buen tenista sudafricano. A nosotros nos encanta el tenis, él lo conoció de pequeño. En Sudáfrica dicen que Roger es mitad de ahí y la verdad es que tienen razón. El asunto es que se crió en Suiza", sonríe Robert, que recuerda que "siempre tuvo determinación, incluso desde muy pequeño".

Adolf Kacovsky, uno de los primeros profesores en el Old Boys Tennis Club, recuerda que a los ocho años, Roger había afirmado que el objetivo era ser Nº 1. "Se rieron de él, y yo también me reí", recuerda el profe. Stauffer encontró a Roger por primera vez cuando el segundo tenía 15 años recién cumplidos. Al explicar sus ataques de ira en la cancha, soltó esta frase: "Uno tendría que ser capaz de jugar el partido perfecto". En 2000, cuando todavía no había ganado un partido en Wimbledon, les dijo a los periodistas suizos que sería campeón del torneo.

"A los 16, Roger era Nº 5 de Europa, y rápidamente fue Nº 1 junior. El éxito en el profesionalismo demoró un tiempo, le costó más esa parte, y sí, nos avergonzaban algunas actitudes suyas", reconoce Robert sobre la época "trash" de Roger, con raquetas partidas, berrinches y entrenamientos abandonados por no sentirse a gusto con su tenis. "Por suerte, tenía buenos entrenadores: Peter Carter, Peter Lundgren, ellos supieron encarrilarlo", dice el padre.

Federer hijo puede caminar tranquilo por las calles de Basilea, aunque durante el torneo apenas se desplazó en su Mercedes para ir a cenar (una de esas noches, reconoció a Del Potro en el puente Wettsteinbrücke y le tocó bocina). Podría haberse quedado a dormir en casa de los padres, pero eligió el mejor lugar de Basel, el Hotel Trois Rois, frente al Río Rin, histórico hotel con una simpática entrada de tres reyes "custodiando" el acceso. Allí se alojaron, no muy recientemente por cierto, Napoleón y la reina Isabel I de Inglaterra.

"La familia puede caminar tranquila por Basilea", agrega Robert. "Lógicamente, todos me conocen, como también pasa en otros lugares del mundo. Ya sabes, tengo una cara típica. En el US Open debo esconderme, porque muchos quieren sacarse una foto conmigo. Sé que así funciona la cosa, pero a veces puede demorarte mucho", dice Papá Federer.

DE BALL-BOY A CAMPEÓN

Poco después de llegar a Suiza, ya convertida en entrenadora de un equipo juvenil en Allschwil (suburbio de Basel), Lynette comenzó a trabajar en la organización del torneo de Basilea, específicamente en la oficina de credenciales. Roger actuó de ball-boy a los 13 años y su primera gran victoria del torneo fue haberse sacado una foto con Jimmy Connors. Debutó como jugador a los 17 y el sorteo determinó que enfrentaría a Andre Agassi, Nº 8 del mundo en ese octubre de 1998. "Él no me conoce, lo contrario que me pasa a mí. Voy a jugar para ganar", dijo antes del choque, según cita el libro de Stauffer. El estadounidense se impuso por 6-3 y 6-2.

El torneo siguiente fue un circuito satélite -en aquella época, junto a los futures, la menor categoría de los torneos con puntos para el ranking- en Küblis, al este de Suiza. De jugar ante 9.000 personas, transmitido en directo por TV, de firmar su primer contrato con IMG, Roger volvía a disputar un partido sin jueces de línea ni ball-boys, tampoco espectadores. Su rival era Armando Brunold, Nº 11 de Suiza. Roger no quería estar ahí, sentía que pertenecía a otra liga: tiró el partido, hizo dos doble faltas por game y el árbitro general, Claudio Grether, le puso una multa de 100 francos por violar la regla de "máximo esfuerzo". Brunold ganó 7-6 y 6-2, y se lo podrá contar a sus nietos. "La multa estuvo justificada", reconoció Federer.

Marc Rosset fue un personaje clave para encaminar a Roger en los primeros años. "Quise guiarlo, me habría gustado que alguien hiciera eso por mí", le cuenta el gigantón a ESPNTenis.com. "En esa época no había una gran relación con Jakob Hlasek, y yo fui presentando a Roger a los otros jugadores, entrenábamos, cenábamos, jugábamos dobles en el circuito. Era su hermano mayor y él, el rookie. Nunca lo vi como un rival. Es importante eso, sabes", afirma y mira a los ojos.

En 1998, ocasión de la Copa Davis contra España en La Coruña, Roger viajó como Nº 5 del equipo suizo, la típica situación del junior nominado sólo para ganar experiencia. "Al principio parecía tímido, pero después todo lo contrario", recuerda Rosset. "Una vez regresé de una práctica y estaba jugando a la PlayStation en mi cuarto. Entré y no se movía, seguía prendido. 'Disculpa, ¿puedo usar mi habitación?', le dije. Ahí recién cayó". En Basilea, Roger era mucho de videojuego y flipper en la zona céntrica de Barfüsserplatz, al lado de donde hoy existe una casa de comida rápida, frente a la parada de tranvías. No le gustaba demasiado ir a bailar. Su compañero de andanzas también compartía entrenamientos: era Marco Chiudinelli, hoy 140º del ranking.

QUEBRAR LA MALA RACHA

Le costó a Federer ganar Basilea por primera vez: tras perder las finales de 2000 (ante Enqvist, en cinco sets), 2001 (Henman), pudo recién en 2006, al vencer a Fernando González. Sería el principio de la serie de títulos en casa (2007/08/10 y 11, este último, el primero en cancha azul/gris; el bordó se abandonó para asemejarse al Masters).

En cada uno de ellos, el público aplaudió con la corrección que pudo apreciarse en la final con Juan Martín del Potro. Sólo se destacan por sus decibeles, con formación variable, los Fans4Roger, su banda de seguidores (fans4roger.ch), mayormente mujeres de mediana y avanzada edad. En la sede central de esta organización que cuenta con 500 miembros alrededor del mundo, Federer suele tener una reunión anual para contestar preguntas. Eso sí: no permite que se saquen fotos. "Temores de Internet", me explican.

Dentro del St. Jakobshalle, Federer se mueve con cuatro encargados de seguridad, pero no son exclusivos; los comparte con Del Potro. Hay gente que se vuelve loca cuando recibe una firma o foto de Roger -un adolescente que abraza a su amigo, por ejemplo, y se pone a saltar-, pero en general, reina la cordura.

En este mes blanco, temperaturas negativas y nieve en cantidad, apenas una semana después de haber superado los 25ºC (ambas situaciones, infrecuentes para octubre), Federer volvió a la final de Basilea y no estuvo muy lejos de lograr su sexto título. Pese a la derrota ante Del Potro, cumplió con el rito de servirles pizza a los niños alcanzapelotas en un cuartito pequeño cercano al vestuario. Roger ofreció quedarse hasta después de la final de dobles; quería que estuvieran todos.

Federer es el símbolo de Basilea, pero no todo es representación o abstracciones. Concretamente, la renegociación del contrato de garantía para jugar el año próximo ha llegado a un punto de tensión. "Es su momento de mover las piezas", tiró Roger en rueda de prensa el viernes, pasándole la pelota a Roger Breenwald, el director del torneo. Federer pide 1.500.000 francos por participación ("me quedan de dos a cinco años de carrera", deslizó esta semana) y el Swiss Indoors está dispuesto a darle un tercio, a menos que aparezcan sponsors nuevos que aporten la diferencia que exige. Hay historia, relación de años, pero como decía una canción de rock, habla el dinero.