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El día en el que cambió el público futbolístico brasileño

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Neymar recibió su medalla dorada (5:31)

Reviví la premiación de Río luego de la victoria brasilera ante Alemania por penales. (5:31)

RIO DE JANEIRO (Enviado especial) -- Brasil vivió este sábado su primer gran festejo de estos Juegos Olímpicos, los suyos. Fue en el Maracaná. Fue la celebración del desahogo. Y de la transformación.

Porque la medalla de oro en fútbol era el mayor anhelo del público local cuando arrancó Río 2016. Y por eso, los hinchas presentes en el mítico estadio rompieron todas sus costumbres y, por un rato, dejaron de lado su característica de ‘torcida’ más bien tranquila para dar rienda suelta a la locura.

El brasileño es un público futbolístico mucho más distendido que, por ejemplo, el argentino o el uruguayo. Más de disfrutar el espectáculo y largamente menos apasionado.

Capaz de ponerse a hacer la ola a los 30 minutos del período inicial de esta final. Sí, sí, la ola en pleno desarrollo de la primera mitad del encuentro, cuando Brasil ganaba 1-0. Impensado para un estadio ubicado en otras latitudes de Sudamérica.

Son distintos. Diferentes.

Pero este sábado en el Maracaná la gente abandonó esa distensión habitual y gritó crispada cuando Neymar, justo Neymar, convirtió el penal definitivo para la victoria en la final ante Alemania. No fue un festejo de alegría ese, fue un alarido de liberación.

El "eu, sou bra-si-lei-ro, eu, sou bra-si-lei-ro" fue ensordecedor cuando los jugadores entraron para la ceremonia de premiación. Había mucho menos baile y samba que grito enfervorizado. Menos abrazo fraternal que mano en puño subiendo y bajando por encima de la cabeza.

Rompió también con otra tradición bien arraigada; la de irse rápidamente de los estadios. El torcedor verdeamarelho suele dejar los recintos deportivos a los pocos minutos de finalizado el partido del deporte que sea, y sin importar el resultado. Parece no gustarles alargar el festejo.

Este sábado en el Maracaná había pasado media hora de ese último penal de Ney y las gradas seguían repletas. Es más, un cuarto de hora después de la ceremonia de premiación, en la que los jugadores bailaron y saltaron como nunca, el grueso de los hinchas continuaba cantando por Brasil y coreando a su gran número 10, convertido poco más que en héroe después de esta definición.

El hombre de Barcelona retribuyó todo ese cariño y se fue hacia un sector de la tribuna para juntarse con los torcedores. Es decir -para que quede claro-, entró a las gradas, ante la mirada desesperada de los hombres de seguridad. Abrazó, besó, firmó autógrafos y se sacó selfies, al mejor estilo Usain Bolt.

Ahí sonó el “olé, olé, olé, olá, Neymar, Neymar” con una fuerza distinta. La del que puede liberar una larga frustración. La de quien se saca de encima una mochila de piedras.

En la noche cumbre del Maracaná se quemaron todos los papeles. Se rompieron todos los moldes. Como corresponde a un día en el que su selección sub-23 logró destrozar el maleficio olímpico. Ese que había hecho que el país más veces campeón mundial no hubiera podido conquistar nunca un oro olímpico justo en su especialidad.