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Belasteguín, el rey del pádel, en una entrevista íntima

Belasteguín va rumbo a su 16º temporada cerrando como Nº1 del mundo. Prensa Buenos Aires Padel Master - Sergio Llamera

Los ojos. Sí, son los ojos. Ahora que lo pienso, es la mirada lo que lo dice todo en Fernando Belasteguín, el jugador argentino de pádel que va camino a cerrar su 16º año consecutivo como número uno del mundo. Allí está su expresividad. Por ahí se puede descubrir qué piensa, cómo piensa.

Hace tiempo había un relator que decía “cuidado que a Bela ya se le pusieron los ojos como dos monedas de oro” cuando se notaba que el Nº1 estaba al máximo de la concentración durante un partido. Y es en ese estado cuando hace la diferencia.

Pero afuera de la cancha, en la charla íntima con ESPN.com, también es esa mirada intensa la que muestra determinación, como al afirmar “cuando me retire, lo mejor que me va a quedar es haber logrado ser la mejor versión de mí mismo que podía ser. Y entonces poder exigirles a mis hijos (tiene dos nenas y un varón), mirándolos a la cara, que lleguen a ser la mejor versión de ellos mismos en lo que hagan, porque yo lo fui”.

Hay quienes lo comparan con Rafael Nadal, por el estilo. Belasteguín es un trabajador del pádel. No da nunca una bola por perdida, y se nota que siempre entrega su cien por ciento. Su juego no tiene demasiadas estridencias, pero es muy efectivo. “Yo admiro más a un tipo que juega en quinta categoría pero llegó hasta ahí sin guardarse nada, dejando todo, que a otro que dice “si yo hubiera sido…”. Esa es la típica frase del perdedor”, explica, como para graficar el concepto.

Es que este jugador nacido hace 38 años en Pehuajó, provincia de Buenos Aires, es en definitiva, un fanático de ganar. Lo demostró durante toda esta semana, en la que estuvo disputando el Buenos Aires Padel Master, que es la fecha argentina del circuito internacional World Padel Tour (WPT), y se metió en la final (este domingo a las 16.00 en La Rural).

Vive en España hace casi 18 años. Hoy, en Barcelona con su esposa y sus tres hijos. Allá, donde el pádel es el segundo deporte más practicado después del fútbol, es una especie de rock star. Pero se pasa el año entero esperando las vacaciones para volver en diciembre e instalarse durante algo más de un mes en su Pehuajó, donde viven sus padres y casi todos sus amigos.

“Ese mes es lo que me carga de energía para toda la temporada. Porque vuelvo a ver de dónde salí, de dónde provengo. Ahí me tratan simplemente como el hijo del cabezón Belasteguín, el empleado del Banco Provincia, y de Bety, la maestra. Entonces me desintoxico”, sostiene.

Y otra vez son los ojos. Lo miro y me doy cuenta de que está haciendo un gran esfuerzo para que no se le escape una lágrima. Por ese sentimiento hacia lo que dejó atrás cuando se mudó al Viejo Continente. Y por cómo conecta eso con la formación de sus hijos.

“Para mí es durísimo estar lejos de mis padres, mi familia y Pehuajó. Pensé que me iba a acostumbrar e iba a extrañar cada vez menos. Y es todo lo contrario, porque ahora tengo el sentimiento de ser padre y puedo interpretar o empatizar lo que mis viejos sienten cuando me voy”, lanza, en un borbotón de palabras. Por primera vez en la entrevista, pierde su calma habitual, la de las palabras pausadas. Como si tuviera miedo a trastabillar.

“Antes de darle el primer beso a la que hoy es mi esposa, le dije ‘venite para Pehuajó a conocer de dónde soy’. A mí hoy los patrocinadores me dan coches espectaculares, todos los lujos, pero a mis hijos les quiero remarcar de dónde viene su papá. Y me hace muy feliz que a mis hijos les encante ver y estar en el lugar del que yo salí”, expresa, con ese carraspeo que siempre hace cuando se emociona.

Belasteguín fue un jugador precoz. A los 15 años ya había debutado como profesional y se empezaba a cruzar con los mejores de aquella época en el circuito argentino: Robby Gattiker, Alejandro Lasaigues, Bebe Auguste. Pero sus recursos económicos eran limitados.

Tanto, que sus amigos todavía lo cargan porque en esos años hacía durar hasta cuatro meses los grips. Primero los usaba al derecho, después al revés, y cuando ya no absorbían más la transpiración, los ponía a secar al sol. Tal vez por esas cosas hoy le da tanta importancia a recordar los orígenes: “Lo mejor es tener la chance de comparar contrastes. Porque vos cuando estás en la etapa anterior, de necesidades, anhelás tener lo que tengo hoy. Y cuando ya estás en un momento como mi presente, llegás a la conclusión de que la felicidad pasa por las cosas que tenías antes, que eran las más sencillas de todas”.

Todo ese sentimiento hacia el lugar donde todo comenzó hace que esta semana en La Rural también haya sido especial para él. Jugar ante su público, recibir las muestras de afecto permanentes. Hasta se dio el gusto de arengar a la gente y hacerla cantar el “olé, olé, olé, que cada día te quiero más”.

“El público argentino es el que nos vio crecer, y vive mucho el espectáculo. Para mí cuando empezaron a corear mi nombre, y también cuando entre todos cantamos el ‘es un sentimiento, no puedo paraaar’, fueron momentos únicos. Los que somos argentinos tenemos claro lo que significan esas cosas.

La entrevista llega a su fin. Apago el grabador y cuando levanto la mirada, tengo los ojos grandotes de Bela clavados en los míos. “Gracias”, me dice. Le sostengo la mirada y le respondo “gracias a vos”.