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Lo que deja una final del Mundo (ante Países Bajos)

Las Leonas perdieron ante Países Bajos en la última instancia del Mundial. Si siempre quieren ganar, con Países Bajos enfrente, esa sensación aumenta. Porque muchas veces, y durante muchas generaciones, vieron la misma foto en el desenlace de los torneos: las de Naranjas festejando mientras ellas masticaban la bronca de haber caído en el último partido. La más reciente fue en Tokio, con 14 de estas jugadoras mundialistas. La final de los Juegos Olímpicos 2020 (disputados en 2021) tuvo a estos dos viejos conocidos y el mismo resultado que ayer: 3 a 1 para las europeas. El llanto es inmediato, la angustia de haberlo tenido cerca y que se escurra como agua es propio de la tristeza. No hay nada que se pueda ver positivo en el instante siguiente al silbato que indica que esta oportunidad terminó. Aunque lo hay.

El historial inclinó la balanza siempre para las neerlandesas, con excepciones. Pero esa también fue la motivación de Las Leonas. “Torcer la historia, escribir una nueva”, expresó Agustina Gorzelany, la goleadora de este torneo con ocho tantos, en la previa al encuentro. “Un paso más”. De eso se trataba. Si habían podido con la segunda parte, que fue la más compleja, donde superaron a Inglaterra en cuartos de final por 1 a 0 con gol de Victoria Granatto y vencieron a Alemania en los penales luego del empate 2 a 2 (goles de Gorzelany y Albertario) por la semi, veían posible un duelo parejo con un Países Bajos que no había demostrado magia en sus partidos anteriores.

Pero las Naranjas tienen ese plus que sacan en los momentos más necesarios y que indefectiblemente las llevó a la cima en los últimos años (ganaron los últimos tres Mundiales: 2014, 2018 y 2022). No lo precisaron en la zona de grupos y tampoco en las instancias eliminatorias previas –aunque los resultados fueron ajustados ahí: 2 a 1 ante Bélgica en cuartos y 1 a 0 versus Australia en semis-. Países Bajos jugó su mejor partido de la Copa del Mundo, mostró todo eso que tenía guardado: las habilidades individuales, los quites milimétricos, el juego colectivo con desvíos o a dos toques. El tercer gol fue la muestra de su poderío, del escalón superior que habitan en la actualidad.

No es solo la final y el sabor amargo de haber caído. Es la bronca de enfrentarse siempre a este rival que parece superlativo y un poco inalcanzable. Es el sentimiento de creer “que puede ser el día” y que el adversario golpee antes y más fuerte. Es la sensación de injusticia de ser contemporáneas a esta generación de neerlandesas que tienen en su infancia una estructura y una cultura que alimenta, potencia y agiganta el nivel de juego. Agostina Alonso, una de las jugadoras más analíticas del plantel lo digo post partido: “Aprovecharon los errores que tuvimos y no nos perdonaron, estuvieron en los detalles”.

Las Leonas fueron en este torneo de menor a mayor. Los países de la zona no fueron de gran oposición (vencieron a Corea por 4 a 0, a España 4 a 1 y cerraron con Canadá 7 a 1), pero crecieron en los encuentros importantes. Estaban fortalecidas mentalmente y con un gran envión anímico producto del oro conseguido un mes atrás en la Pro League con 14 victorias y dos empates, justamente con Países Bajos que luego ganó en los shoot-outs.

Seguramente van a recordar el partido del domingo y lo van a pensar muchas veces antes de irse a dormir. Pero la medalla de plata en una Copa del Mundo no es poco, no puede subestimarse. Perdieron solo un partido con el mejor. Cayeron en 60 minutos y debe valer más todo el esfuerzo que las llevó hasta acá. Ser segundo no es ser campeón. Pero ser segundo en un montón. Un montón de trabajo.