El primer título del básquetbol argentino

BUENOS AIRES -- En los últimos años el básquetbol argentino encontró motivos frecuentes para festejar, a partir de la obtención de varios títulos y muchos buenos resultados. Sin embargo, para encontrar el primer grito de "¡campeones!" hay que retroceder 80 años. Fue el 21 de abril de 1934, en Buenos Aires, cuando conquistó la tercera edición del Campeonato Sudamericano.

En aquel entonces el Sudamericano, que ya anda por su 46° versión, era la única competencia exclusiva de básquetbol para selecciones nacionales que se disputaba en el mundo entero. La región sur de América había sido la primera en organizarse, desde que en septiembre de 1922 argentinos y uruguayos fundaran la Confederación Sudamericana de Basket-Ball, aunque recién en 1930, con la participación de Uruguay, organizador y primer campeón, Chile, Brasil y Argentina, comenzó a realizarse el torneo regional, que se mantiene como el más antiguo entre los que se desarrollan actualmente.

Tras volver a disputarse el Sudamericano en 1932, con Chile como anfitrión y Uruguay otra vez campeón, el reparto le llegó a Argentina en 1934 para hacerse cargo de su montaje.

Como pasa ahora y pasó siempre en todas partes, la dirigencia del básquetbol solicitó ayuda al Estado para la organización del torneo. Para eso se valieron de que el entonces Presidente de la Nación, el General Agustín Pedro Justo, era un gran simpatizante de este deporte.

Justo, quien es parte destacada de lo que en Argentina se remarca como "la década infame" por los continuos fraudes en las elecciones nacionales, había conocido el básquetbol en la Asociación Cristiana de Jóvenes y siendo director del Colegio Militar, lo incorporó a sus planes de estudio. Como fiel seguidor se encargó de hacer el salto inicial simbólico en varios partidos internacionales en Argentina y Uruguay, mientras fue ministro de guerra.

El apoyo económico estatal no fue total, pero los 2.000 pesos entregados fueron bien recibidos. Claro que a cambio también hubo un pedido: que como entrenador se nombrara a Víctor Caamaño, quien cumplía esa función en el Colegio Militar.

La Federación Argentina, que aunque solo administraba el básquetbol en el ámbito de la ciudad de Buenos Aires y alrededores, se había reservado para sí la representación internacional del básquetbol argentino, debió pedir un préstamo bancario por otros 10.000 pesos para completar los gastos de organización, que incluían el pago del viaje de las delegaciones de Chile (en tren), Brasil y Uruguay (ambas en barco), los otros participantes del Sudamericano.

El escenario del torneo fue el legendario estadio Luna Park, que por entonces no tenía techo, lo que obligó a postergar el inicio durante dos días, debido a las lluvias. El sistema de competencia, de acuerdo a los pocos participantes, volvía a ser el de todos contra todos a dos rondas.

El programa oficial del Sudamericano, que llevaba un mensaje del propio presidente Justo, presentaba al básquetbol como "un deporte de arraigo reciente y de portentosa difusión, que ha de ser un espectáculo de destreza, de fuerza, de corazón y de elegancia".

Para la selección argentina aquel Sudamericano de 1934 significó un hecho sin antecedentes: por primera vez jugadores del interior del país integraron el plantel. Fueron los defensores cordobeses Santos Gianuzzo y José Verzini, ambos de Belgrano. Los dos habían logrado los dos títulos con Córdoba en el Campeonato Argentino de 1932 y 1933.

Si bien antes del torneo se hizo una preselección de 14 jugadores, Argentina no llegaba con mucho crédito ni confianza. El resto del plantel de 10 jugadores se completó con lo mejor del ámbito porteño, con el centro Olindo Onetto (GEBA), máximo anotador del Sudamericano de 1930, los backs Víctor Di Vita (Racing), Carlos Orlando (Estudiantes de La Plata), los delanteros Alberto Orri (YMCA), Ricardo Peyrú (River), Pedro Aiscorbe (Estrella) y Roberto Boído (GEBA) y rl centro Ramón Gutiérrez Zaldivar (CUBA).

Argentina venía de una pálida actuación en el Sudamericano de 1932, ocupando el tercer puesto, entre tres equipos, detrás de Uruguay y Chile.

Las dudas que generaba el equipo argentino se acrecentaron cuando, en el debut, se le ganó de forma agónica a Brasil, considerado el equipo más flojo del torneo por no contar con los jugadores de Río de Janeiro, por 26-25 con un tiro desde casi la mitad de cancha de Gianuzzo a 10 segundos del final.

En esa época todavía no existían las reglas de tiempo de posesión limitada, ni el campo atrás y el tiempo neto de juego se llevaba de forma genérica, con una precisión estimativa.

La actuación del equipo argentino fue muy floja y repleta de errores, lo que le generó duras críticas en las crónicas periodísticas, que ocupaban amplios espacios en los diarios de la época.

La imagen del equipo mejoró con una amplia victoria ante Chile por 43-26, con 18 puntos Onetto. Pero el torneo sufrió un vuelco decisivo en la tercera jornada, cuando se enfrentaron argentinos y uruguayos, los invictos hasta allí.

El choque había generado una expectativa infrecuente y casi 15 mil personas colmaron el Luna Park. El partido fue muy áspero desde el comienzo y los incidentes entre los jugadores obligaron a suspender varias veces el partido.

En una pelea entre Gianuzzo y Gómez Harley, la estrella de Uruguay, ambos fueron expulsados por el árbitro chileno Erasmo López (en esa época pitaba un solo juez). A falta de 30 segundos para finalizar el primer tiempo, el uruguayo Gabín cometió una falta violenta sobre Onetto, que generó la invasión del público al campo.

El pivote anotó uno de sus dos tiros libres, poniendo el marcador 13-8 para los locales, pero luego de su conversión, el equipo uruguayo decidió retirarse a los vestuarios y comunicó que solo volvería a jugar si se reemplazaba al árbitro.

Las autoridades de la Confederación Sudamericana, presidida por el representante uruguayo Alfredo De Munno, no aceptaron el pedido y se decidió suspender el partido, en el único retiro de un equipo que registra la historia del torneo regional.

En el congreso de delegados del día siguiente Uruguay insistió con querer anular el partido y volver a jugarlo a puertas cerradas, aunque aceptando un árbitro argentino. La propuesta fue rechazada por los delegados de los otros tres países, por la actitud de abandonar el partido, dándoselo por ganado al equipo argentino.

La situación traspasó la frontera de lo deportivo, ya que hasta diplomáticos uruguayos intercedieron para que su delegación cambiara la postura de retirarse del torneo. Pero los mismos dirigentes charrúas admitieron que la decisión había sido tomada por los jugadores y que ellos nada podían hacer.

La Confederación Sudamericana resolvió darle por perdidos los siguiente partidos a Uruguay, por lo que Argentina, que en los siguientes choques derrotó a Brasil (29-25) y a Chile (35-20) se quedó con el primer título internacional de su historia. El centro Onetto volvió a destacarse como máximo anotador del torneo con 11,2 puntos de promedio.

Sobre los errores o los conflictos siempre es bueno sacar enseñanzas. Por eso, el Congreso de la Confederación Sudamericana resolvió poner más énfasis en la unificación de las reglas del básquetbol de la región (la FIBA, recientemente creada, todavía no se encargaba de eso) y que a partir de allí, el equipo que se retirara del Sudamericano debía devolver las dos terceras partes del dinero recibido para su participación de parte de los organizadores…