Las miserias del laboratorio soviético

La ganadora de seis medallas olímpicas admitió que era abusada como muchas de sus compañeras. Getty Images

BUENOS AIRES -- Tal vez el coñac, como señala la propia denunciante, haya sido el combustible que facilitó el abuso.

Lo cierto es que, avanzada la Guerra Fría, la Unión Soviética consideraba el deporte uno de sus frentes sensibles, donde se definía medalla a medalla la pulseada con Estados Unidos.

Tal abordaje militar requería que la exigente preparación de sus atletas estuviera protegida por el secreto (nadie anda mostrando las armas que desarrolla) y abonaba el verticalismo propio del escalafón castrense.

De modo que los entrenadores tenían un poder discrecional sobre sus pupilos. Así, Renald Knysh pudo convertir en "esclava sexual" a una (tal vez a muchas más) de las gimnastas de elite a las que adiestraba, sin que el episodio saliera a la luz.

Olga Korbut, ganadora de seis medallas olímpicas (cuatro de oro y dos de plata) entre Munich 1972 y Montreal 1976, pudo articular una acusación recién en 1999, durante una entrevista concedida al diario Komsomolskaya Pravda, ocasión en la que reveló la pesadilla vivida en la adolescencia.

"Muchas gimnastas eran no sólo máquinas deportivas, sino también esclavas sexuales de sus entrenadores. Yo fui una de ellas", dijo y agregó que Knysh entrenaba no sólo gimnastas, sino "doncellas para su servicio personal".

Korbut describió con detalle una escena previa a los Juegos de Munich, cuando tenía 15 años. Según su relato, el entrenador se metió en su habitación y la obligó a beber varias copas de coñac. "Lo que ocurrió después son recuerdos terribles que me acompañaron durante largos años", confesó. En la misma entrevista, atribuyó su silencio a su dependencia de Knysh, quien además la amenazaba y la golpeaba. El entrenador fue objeto de investigación, pero finalmente no recibió ninguna condena por "falta de pruebas". Es fácil inferir que las autoridades deportivas de la ex URSS no pusieron mucho celo en esclarecer el caso.

Años más tarde, la república del COI aprobó una declaración de consenso en la que se recomienda a las organizaciones deportivas el desarrollo de políticas preventivas del abuso sexual. De acuerdo con su propia investigación, estas situaciones se producen con mayor frecuencia en el deporte de élite.

Sin embargo, si bien existe la firme sospecha de que los abusos abundan, pocas deportistas tuvieron el coraje de describir con tanta sinceridad y crudeza estas prácticas humillantes.

Antes de aplicar el máximo rigor a la preparación de un staff deportivo de guerra, la Unión Soviética era más propensa a enarbolar los valores que, en contraposición a los Juegos Olímpicos, defendían las llamadas Olimpíadas Obreras.

En ellas se abjuraba del nacionalismo de los Juegos y se presentaba el deporte (que convivía con otras manifestaciones culturales durante la celebración) como factor de unidad y solidaridad. De hechos, la URSS organizó uno de estas citas en 1928, en la que participaron 14 países.

En Helsinki 1952, los soviéticos, que eran gobernados por Stalin, debutaron en los Juegos. Temerosos de algún contagio, rechazaron la villa que cobijaba al resto de los deportistas y permanecieron en otro predio.

Para entonces, ya habían olvidado las conductas que le exigían al deporte socialista. La disputa por el predominio planetario tenía una expresión destacada en la arena deportiva y a ella se abocaron. Con fanatismo -y en secreto- programaron atletas perfectos. Según ese plan, una menor violada por la omnímoda autoridad del entrenador, era sólo un daño colateral.