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La noche del cazador

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Cuenca perdió en un confuso final (1:09)

El argentino no pudo con el ruso Troyanovsky por el campeonato welter junior FIB. Fue KOT en 6 asaltos. (1:09)

BUENOS AIRES -- Llueve en la noche romana. En caravana improvisada, tres autos se dirigen al Palazzo Dello Sport. Sábado a la noche. Llueve y cada uno de los pasajeros va en silencio, metidos en sus propios mundos de recuerdos y situaciones. En uno de los autos, un pasajero dice en tono bajo, casi confidencial: “La lluvia trae buena suerte”.

Uno de los pasajeros es un hombre de 28 años, pelo negro, corte con flequillo, rostro huesudo y mirada brillante: sus ojos negros taladran la noche. Hace ya unos cuantos años, su vida cambió cuando se metió en un gimnasio de boxeo, tratando de dejar atrás la venta de diarios o el lustrado de zapatos. Encontró a un hombre alto, fuerte y de modales ligeramente bruscos: “Don Brusa, yo quiero que usted me entrene”, dijo. Y a partir de ese momento no se separaron nunca. Nunca.

Aquel muchacho de pelo renegrido y modales bruscos es Carlos Monzón. Y sabe que esa noche tiene que ser su noche. Avanzan los autos. Los demás pasajeros también están en lo suyo. Amílcar Brusa es empleado del Banco de Santa Fe. Fue boxeador de peso pesado y luchador hasta que se dedicó a la enseñanza.

El día que Carlos Monzòn llegó a su gimnasio no pensó nunca que con él iba a recorrer el mundo. Juan Carlos Lectoure tenía veinte años cuando ingresó al Luna Park. Su sueño era llegar a tener campeones mundiales. Primero lo logró con Horacio Accavallo en 1966, luego con Nicolino Locche, en 1968. Cuando comenzó a organizar las peleas de Carlos Monzòn no comprendió al principio, que iba rumbo a un nuevo campeonato mundial, el de los pesos medianos, la misma categoría de Ray Robinson, Jake LaMotta o Marcel Cerdán.

Hay otros nombres, otras historias. José Menno es un trotamundos del boxeo: de La Plata al Madison, del Madison a Londres, Génova o donde sea. Experimentado, lleno de trucos, un sobreviviente del ring. Sparring ideal para Monzón a quien le lleva como diez kilos. “Conmigo de sparring, Benvenuti te va a resultar livianito”, aseguró. Y mientras los autos se desplazan en la noche lluviosa, un hombre también espera, sabiendo que llegará pronto el momento de la verdad…

Se llama Nino Benvenuti. Es el campeón del mundo, hombre de modales finos y estampa elegante, nacido en Trieste, campeón olímpico primero, estrella del Madison Square Garden después y, como si fuera poco, actor de algún western spaghetti junto a Giuliano Gemma.

Tiene 32 años y 87 peleas. Benvenuti es, también, el amplio favorito para la pelea de esa noche. Todavía alguno que otro periodista sigue preguntándose, ¿Quién es ese Monzòn? “Ese Monzòn” arrasó con toda una generación de pesos medianos en su país, incluyendo a Jorge Fernández, a quien batió dos veces, y una decena de experimentados peleadores norteamericanos, que Lectoure fue contratando para foguearlo y darle nivel.

Ya tiene 81 peleas con solamente 3 derrotas. Monzón –bautizado por el periodista Julio Cantero como “Escopeta”- es el mismo que, a la mañana de ese sábado, en el pesaje, efectuado en el teatro Cambra Iiovanelli, le dio la primera señal de peligro a Nino, Fue cuando éste, por broma, le tocó el trasero. Carlos se dio vuelta y lo fulminó con la mirada. Luego diría algo así como “Si podía, esa noche a Benvenuti lo mataba”. Fiel a su filosofía de vida, para quien “Un rival es un enemigo que le quiere quitar el pan a mis hijos”. Junto a Monzón estuvieron Juan “Ardillita” Aranda, que fuera campeón argentino welter junior, y el profesor Patricio Russo, quien llego a vender un auto para no perderse el viaje.

Y Hernán Santos Nicolini, el periodista que hipotecó un departamento para comprar los derechos de radio y televisión para la Argentina. Y quien, tras un sorteo con Osvaldo Caffarelli –relator oficial de radio Rivadavia- tuvo que narrar los asaltos pares… y por ende, el de la victoria de Monzòn. Y mientras llueve en Roma, y Monzón se acerca al estadio y a su Destino, sabe que todo estará bien, que el director técnico de la Lazio, el argentino Juan Carlos “Toto” Lorenzo le consiguió dos médicos para infiltrar sus frágiles manos.

Y no es todo, ya que la propia esposa del técnico le hizo su alimento favorito para después del pesaje: un caldo de gallina, bien espeso… Antes de la pelea, Oscar Bonavena y Gregorio Peralta, subieron al ring para saludar al público: los mismos que en el Luna Park, en el año 1965, metieron 25 mil almas para verlos en acción… y asistir a la victoria de “Ringo”. Lo demás se sabe, se recuerda, se muestra y todavía emociona. Ante 18 mil espectadores, Monzòn ataca, va destruyendo las reservas anímicas y físicas de Benvenuti, lo lleva por delante, lo ahoga, lo mueve a los costados como un muñeco, le pega en la nuca, lo mira a los ojos con amenazas sordas, le achica el ring, lo lastima.

Cuando empezó el 12mo. asalto (los combates por título eran a 15 rounds) Monzòn, fue a definir y tras hacerlo retroceder con varias izquierdas, lo noqueó de un derechazo tremendo, fulminante.

Cayó Benvenuti, totalmente conmocionado, inerte, vencido… Cayó Benvenuti, Monzòn levantó los brazos al cielo y festejó. Y en ese mismo momento, mientras llovía en la noche romana, entró en la leyenda...