Hay nombres que pertenecen a la historia de un club y hay otros que terminan confundidos con ella. Ángel Amadeo Labruna pertenece a ese segundo grupo. Nació el 28 de septiembre de 1918, creció a pocas cuadras del viejo estadio de River, se hizo socio cuando todavía era un chico y pasó casi toda su vida ligado a una camiseta que terminó definiendo buena parte de su identidad. Por eso, cada 28 de septiembre, el calendario futbolero encuentra una excusa para volver a hablar de él: el Día del Hincha de River nació en coincidencia con su cumpleaños.
Pero Angelito fue mucho más que una fecha en el calendario. Fue uno de los grandes delanteros del fútbol argentino, integrante de La Máquina, máximo goleador histórico de River y del Superclásico durante décadas, campeón con la Selección y protagonista de una de las mayores reconstrucciones de la historia del club cuando regresó como entrenador en 1975. Su figura atravesó distintas épocas y sobrevivió a todas.
“Yo cuando entro a River me transformo, me emociono como un chico”, había contado Labruna. La frase explica una parte esencial de su personalidad. En la cancha podía ser provocador, competitivo, temperamental y capaz de jugar cada partido como si estuviera defendiendo una cuestión personal. Fuera de ella aparecía otro hombre: familiero, amante de los caballos, supersticioso y dueño de una enorme confianza en sus propias convicciones.
“Si tuviera que elegir entre River y mi vida, elijo a River, porque River es mi vida”, dijo alguna vez. Hoy, cuando el club vuelve a celebrar su nacimiento, aquella frase adquiere otra dimensión. Labruna murió en 1983, pero su voz, sus goles, sus gestos y sus historias siguen formando parte de la identidad de River.
Ángel Labruna, el chico que escapaba del relojero para jugar al fútbol
Ángel nació en Palermo y fue criado en una familia en la que el fútbol no aparecía como un destino inevitable. Su padre era relojero y pretendía que su hijo siguiera el oficio familiar. El pequeño Labruna tenía otros planes. A los diez años se hizo socio de River y comenzó a acercarse al fútbol mientras también practicaba básquet en el club.
Años después lo contó con una mezcla de recuerdo y picardía: “Mi padre no quería que jugara al fútbol. Pretendía enseñarme el oficio, que fuera relojero como él. Pero el potrero me tiraba y me hice jugador de fútbol”. Su madre lo ayudaba a sostener aquella rebeldía: preparaba su ropa para que pudiera salir a jugar.
En aquellos primeros años también apareció otra figura que alimentaría su imaginación futbolera. Labruna admiraba a Bernabé Ferreyra, una de las primeras grandes estrellas de River, y conservó durante años una fotografía autografiada por quien había sido uno de los máximos ídolos del club. El chico que miraba a Bernabé terminaría convirtiéndose, con el tiempo, en otro de los nombres que los hinchas de River aprenderían a pronunciar como sinónimo de gol.
Su debut en Primera llegó el 18 de junio de 1939, ante Estudiantes de La Plata. River perdió 1-0 y Labruna volvió inicialmente a las divisiones inferiores. Una nueva huelga de profesionales le abrió otra oportunidad y esta vez no la dejó escapar. En aquel equipo juvenil al que se lo recuerda como “Los Guerrilleros”, marcó siete goles en nueve partidos y terminó ganándose definitivamente un lugar. José Manuel Moreno pasó entonces a jugar por la derecha para que Labruna pudiera ocupar su posición natural.
El primer capítulo de su carrera profesional ya contenía una característica que lo acompañaría durante las siguientes dos décadas: Labruna sabía esperar su momento y, cuando aparecía, encontraba el camino hacia el arco.
La Máquina, los goles y una historia particular con Boca
El 21 de septiembre de 1941 quedó registrado como una de las fechas fundamentales del fútbol argentino. River goleó 4-0 a Independiente y por primera vez presentó completa a la delantera que se convertiría en leyenda: Juan Carlos Muñoz, José Manuel Moreno, Adolfo Pedernera, Ángel Labruna y Félix Loustau.
La Máquina tenía movilidad, talento, intercambio de posiciones y una capacidad extraordinaria para encontrar espacios. Labruna ocupaba el sector izquierdo, pero su juego no quedaba limitado a una posición fija. Sus compañeros podían moverse alrededor suyo y él encontraba el lugar adecuado para aparecer cerca del arco. Pedernera y Moreno manejaban buena parte de la construcción; Labruna aportaba una relación con el gol que terminaría convirtiéndolo en una pieza fundamental de aquella delantera.
Su relación con el arco también se trasladó al Superclásico. Labruna marcó 16 goles oficiales ante Boca, una cifra que todavía lo mantiene como máximo goleador histórico del enfrentamiento. Disputó 36 clásicos oficiales y convirtió su primer tanto frente al rival de toda la vida el 5 de noviembre de 1939, en un triunfo 2-1 de River.
El clásico, para él, tenía una carga emocional especial. Oscar Más recordó una frase que Angelito les transmitía a los jugadores: “Para mí, la alegría más grande que hay es ganarle a Boca y gritar los goles en la Bombonera”. La frase ayuda a entender por qué su figura quedó tan ligada a la rivalidad. Labruna no necesitaba explicar lo que significaba un Superclásico: lo jugaba como si lo supiera desde siempre.
Su carrera en River terminó con 546 partidos oficiales y 317 goles, según los registros. Con el club conquistó nueve campeonatos como futbolista y permaneció durante casi 21 temporadas vinculado al primer equipo.
La estadística cuenta una parte. La otra está en las imágenes: la camiseta número 10, el cuerpo inclinado al entrar al área, la definición rápida y esa expresión de desafío que terminó formando parte de su personaje.
El hombre detrás de Angelito
Labruna tenía una personalidad que excedía ampliamente al futbolista. Él mismo aceptaba su temperamento: “Yo no puedo negar que soy un típico calentón, cascarrabias, pero no tengo carácter podrido como dicen algunos”. Su carácter lo acompañó durante toda la carrera y contribuyó a construir una figura reconocible incluso para quienes nunca lo vieron jugar.
También era supersticioso. “Siempre fui cabalista (cabulero)”, reconocía. Entre sus rituales estaba uno particularmente curioso: evitaba pisar las líneas de la cancha con el pie izquierdo. Lateral, área, círculo central o córner: cada marca tenía que ser atravesada con el derecho. Las pequeñas ceremonias formaban parte de su manera de convivir con el fútbol.
El turf ocupaba otro lugar importante en su vida. “Hace casi cuarenta años que voy a las carreras. Si me invitan al cine o al teatro, paso. Pero las carreras me encantan”, contó. Le molestaba que lo llamaran “burrero” con tono despectivo. Para él, los caballos eran una pasión que existía desde mucho antes de la fama y que continuaría acompañándolo durante su vida.
En la intimidad familiar aparecía una versión diferente. Omar, su hijo, lo describió como “una persona extraordinaria, muy familiero” y recordó que puertas adentro era “una persona súper sencilla”. Esa dimensión convivía con el personaje que el público veía en el estadio. Angelito podía discutir con un árbitro, celebrar un gol con furia y desafiar a un rival, pero en casa seguía siendo el padre que llevaba a sus hijos al colegio, los buscaba y trataba de estar presente.
Esa dualidad ayuda a comprender su permanencia en la memoria. Labruna tenía una personalidad suficientemente grande para alimentar el mito, pero también una vida cotidiana capaz de mostrar al hombre que existía detrás de la camiseta.
Ángel Labruna, el entrenador que volvió para terminar con la espera
Cuando Labruna dejó de jugar, comenzó otra etapa. Dirigió a Defensores de Belgrano, Rosario Central, River y varios equipos más. En Rosario Central consiguió en 1971 el primer campeonato de Primera División de la historia del club. Aquella conquista mostró que su carrera como entrenador podía trascender la enorme sombra de su etapa como jugador.
Pero el destino tenía preparado un regreso especial. River llevaba casi 18 años sin salir campeón cuando Labruna asumió como entrenador en 1975. El club necesitaba terminar con una espera que ya se había convertido en una carga histórica. Angelito aceptó el desafío con una seguridad que parecía propia de su carácter.
“Si agarro River es para ser campeón”, afirmó. Y agregó: “Yo no vuelvo a River si no es para salir campeón”. No hablaba de una ilusión. Lo planteaba como una obligación. El equipo incorporó futbolistas importantes y el proyecto empezó a tomar forma hasta alcanzar el objetivo.
El 14 de agosto de 1975, River conquistó el Campeonato Metropolitano y terminó con aquella sequía. Labruna fue llevado en andas por sus jugadores. La imagen quedó instalada como una de las fotografías más representativas de la historia del club: el máximo ídolo de una generación celebrando el campeonato que había devuelto a River al primer plano.
La historia no terminó ahí. Como entrenador de River ganó seis títulos: los Metropolitano y Nacional de 1975, el Metropolitano de 1977, el Metropolitano y Nacional de 1979 y el Metropolitano de 1980. Su segunda vida en el fútbol terminó teniendo una dimensión propia y convirtió a Labruna en una figura excepcional: había sido protagonista de grandes equipos como jugador y después había construido otros desde el banco.
Su filosofía también estaba marcada por la importancia del grupo. “El objetivo principal de todo entrenador es lograr formar una gran familia”, explicaba. Para Labruna, la conducción no se agotaba en la táctica: había que elegir futbolistas, transmitir confianza y conseguir que el vestuario funcionara como una unidad.
Ángel Labruna: la Selección, la despedida y un legado que sigue vivo
Labruna también dejó una huella importante con la camiseta de la Selección Argentina. Disputó 37 partidos y convirtió 17 goles. Fue campeón del Campeonato Sudamericano en 1946 y 1955, dos conquistas que forman parte de una trayectoria internacional que tuvo un dato singular: en 1958, a los 39 años, disputó el Mundial de Suecia.
Nunca dirigió a la Selección y alguna vez habló de esa posibilidad. “Jamás viví como una frustración el hecho de no haber dirigido a la Selección”, afirmó. Después recordó sus títulos continentales y agregó: “Creo que a la Selección yo le di muchas satisfacciones como jugador”. Su relación con la camiseta argentina, por lo tanto, estaba marcada por lo que había conseguido dentro de la cancha.
El 19 de septiembre de 1983 murió a los 64 años. El Monumental recibió su despedida. El estadio que había visto sus goles, sus clásicos, sus títulos y sus equipos campeones fue también el lugar en el que River acompañó a uno de sus máximos símbolos por última vez. La despedida cerró la vida de un hombre, pero dejó abierto un legado que con el paso del tiempo se volvió todavía más grande.
En 2003, el 28 de septiembre se convirtió oficialmente en el Día Internacional del Hincha de River. En 2015, el club inauguró frente al Monumental una enorme estatua de Labruna construida con llaves donadas por hinchas. Años después, Marcelo Gallardo volvió a poner su figura en el centro de una escena inolvidable cuando utilizó una corbata vinculada a Angelito antes de un Superclásico.
Hoy River vuelve a celebrar su nacimiento. Las imágenes de archivo recuperan su voz y sus gestos. “En el colegio andaba bien, pero pensaba más en River que en cualquier otra cosa”, se lo escucha decir en uno de esos recuerdos. La frase parece pertenecer a un chico, aunque la pronunció un hombre que había dedicado buena parte de su vida a esa camiseta.
Ángel Labruna fue delantero de La Máquina, goleador, campeón, capitán, entrenador y protagonista de una rivalidad que ayudó a convertir al Superclásico en una de las grandes tradiciones del fútbol argentino. También fue un hombre de cábalas, caballos, discusiones, afectos y contradicciones. Todo eso convivió en una misma figura.
Y quizá ahí esté la explicación de su permanencia. River puede recordar sus 317 goles, sus seis títulos como entrenador o sus 16 tantos contra Boca. Puede recordar la vuelta olímpica de 1975, la camiseta número 10 o la estatua frente al Monumental. Pero cada 28 de septiembre vuelve a aparecer algo más simple: un hincha que llegó a convertirse en leyenda sin dejar de sentirse hincha.
Porque Angelito lo había dicho mucho antes de que existiera un día dedicado a él: “Si tuviera que elegir entre River y mi vida, elijo a River, porque River es mi vida”.
