El día en el que nació la leyenda

Luis Suárez emocionado junto a su familia en su despedida de la Selección Uruguaya. Getty Images

El cartel en cartulina celeste que el niño pintó en su casa está enrollado en la butaca de al lado. Lo sostuvo durante el partido pero ahora no puede prestar atención a otra cosa que no sea lo que ocurre en la cancha. El padre lo mira y lo abraza. Los dos lloran mientras miran cómo el superhéroe vestido de campera larga y oscura también se quiebra abrazado a su familia. Igual que ellos dos.

Es el punto final para el jugador. Es el punto de partida para la leyenda. Y todos los que estamos en el Centenario lo sabemos. El 6 de setiembre de 2024 es el día elegido por Luis Suárez para estrenar el capítulo final de una historia inolvidable. Esa que duró 17 temporadas. Ningún deporte más épico que el fútbol. Ningún futbolista más épico que Suárez.

Con frecuencia, la cancha y la camiseta son la explicación de los mejores abrazos. Naturales, genuinos, felices. Como los que Suárez nos permitió dar tantas veces. Y eso no se olvida.

Por eso viene gente de Paysandú, Rocha, Maldonado, Salto, Lavalleja y tantos otros departamentos. Por eso hora y media antes del partido familias enteras caminan como en una procesión hacia las puertas de acceso. Vestidas de celeste, con banderas de Uruguay, termo y mate, algunas con la cara pintada.

Se venden a 50 pesos llaveros con la cara de Luis. Las camisetas con su cara y la palabra Leyenda cuestan bastante más.

Varios que llegan con su entrada preguntan dónde queda la tribuna Olímpica. Quizá son parte de aquellos que cuando el lunes escucharon “el viernes será mi último día con la Selección de mi país”, decidieron estar. “Había que venir. Había que agradecer”, me dice un hincha con la 9 puesta. El pibe de ocho años luce orgulloso otra cartulina celeste en la que escribió “Gracias Luis por enseñarme la palabra gol” y dibujó una pelota entrando a un arco, antes de ingresar al Estadio mira la cámara y le habla directo a él: “Muchas gracias por todo lo que le diste a Uruguay”.

Es que Suárez excedió largamente al hincha de fútbol típico. Incluso excedió al fútbol. Jamás lo venció la frustración ni lo doblegó la adversidad. Indomesticable, nada ni nadie condicionó su manera de entender el juego o de practicarlo. Y menos aún lo apartó de su camino. Ese en el que siempre priorizó a la Selección. Si se tenía que pelear con el Barcelona para ponerse la Celeste, se peleaba. Si debía discutir en el Liverpool por viajar a Uruguay, discutía. Si se lesionaba y los médicos pronosticaban un largo tiempo de recuperación, los sorprendía.

La tensión durante los 90 minutos es notoria. Todos quienes están en el Estadio esperan el gol 70. Se agarran la cabeza cuando su media tijera pega en el palo, ovacionan un taco para habilitar a Maxi Araujo por izquierda, reprueban al árbitro cuando lo amonesta. Y cuando llega el final asumen que el ídolo ya no estará más en vivo. Aunque su recuerdo quedará por siempre. En la mano contra Ghana del 2010, en su extraordinaria versión de la Copa América 2011, en los goles contra los ingleses en el Mundial 2014, en su gol ante Brasil en Brasil por Eliminatorias tras su vuelta de la suspensión. Justo en Brasil, país de donde lo habían echado de manera cruel e injusta por un error en una cancha de fútbol. Ahí tenía que volver. Y debía dejar su sello. Una alegoría perfecta de su carrera y de su vida. Cuanto más hostil fuese el entorno, cuanto más extremo fuese el partido, mejor para él.

La noche se termina. Pero hay tiempo para más emociones. La gente se rompe las manos cuando el maestro Tabárez sube a abrazarse con uno de sus mejores alumnos. Al que bancó siempre. No es gratuito que la mayoría de los jugadores que estuvieron en el proceso Tabárez se hayan reunido una vez más en un momento señalado. Es el fin de una era. Y todos lo sabemos. Una era que nos devolvió la ilusión, que nos hizo creer, en la que recuperamos la identidad.

El camino que Suárez hizo junto a esa generación está marcado con tinta indeleble. Y, más que nunca, es la recompensa. Por si hiciera falta, lo dejó claro el público. El reconocimiento a Tabárez, la foto junto a Diego Forlán, Diego Godín y Diego Lugano, el abrazo interminable con el Ruso Pérez, el mensaje sentido del Loco Abreu, el llanto al ver el cuadro con Walter Ferreira.

Hace frío en Montevideo. Es casi medianoche. Del Estadio no se mueve nadie. Sus hijos descubren la plaqueta detrás del arco de la Colombes, que a partir de ahora se llamará Luis Suárez. El Pistolero se ríe. La gente vuelve a aplaudir. Entonces sí, el telón comienza a bajarse. Suárez habla por última vez con la camiseta de la Selección Uruguaya puesta. “Agradecerles por este cariño y pedirles una cosa: Uruguay es más grande que cualquier jugador o entrenador. Uruguay es grande y a partir de mañana seré un hincha más deseando lo mejor a los compañeros que vienen. Arriba Uruguay y siempre agradecido al pueblo uruguayo”.

La gente empieza a desandar el camino, el padre y el hijo aplauden por última vez, los fuegos artificiales aparecen por detrás de la Olímpica. Como canta Joan Manuel Serrat, por un noche se olvidó que cada uno es cada cual. Entonces vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas.

Se acabó la fiesta aunque Suárez la estira todo lo que puede. Con el Estadio vacío corre hacia el arco de la Colombes. A partir de hoy, su arco. Se cuelga al travesaño, mira la placa, se ríe. Disfruta como ese niño que un día llegó al Complejo. Y que 17 años después se va siendo leyenda.