Al rosarino no le queda nada por demostrar, pero su última Copa del Mundo será una prueba de su voluntad de concluir su camino en sus propios términos.
Lionel Messi jugará en 2026 su sexto y último Mundial, de no mediar lesiones o decisiones inesperadas que vayan en contra de las intenciones que él mismo expresó. Para cuando la competición se inicie a mediados de junio tendrá 38 años, y cumplirá los 39 mientras se desarrolle. Es un registro de longevidad asombroso, ampliado aún más por el hecho de que, a tres años de abandonar el fútbol europeo de primer nivel, mantiene un rendimiento lo suficientemente notable para seguir de titular en la Selección Argentina.
La consagración del número 10 en Qatar le ha dado un cierre perfecto a una narrativa llena de giros y vaivenes. De ser el sucesor designado por el mismísimo Diego Armando Maradona a no poder equiparar su nivel superlativo en Barcelona, pasando por el momento más bajo en 2018 hasta finalmente ganarse la inmortalidad en 2022. Ahora, a las puertas de una nueva Copa y con el objetivo máximo ya alcanzado, ¿qué le queda por conseguir en Estados Unidos, México y Canadá?
Mucho se especuló acerca de si Messi dejaría la camiseta albiceleste una vez que alzara el trofeo más deseado, pero ahí sigue, firme en cada compromiso internacional que el calendario y el físico le permiten en este momento tardío de su carrera. Con esto en mente, la próxima cita mundialista será una coda de su ilustre carrera internacional justo en el país donde reside y juega día a día. Una oportuniad de sumar más gloria a la gloria y de romper los pocos récords que aún están a su alcance.
Alemania 2006: los primeros pasos
El debut mundialista para Messi en Alemania llegó bajo un gran halo de ilusión, pero sin dimensionar todavía la magnitud de lo que podría lograr. El rosarino venía de su temporada de confirmación en Barcelona, coartada por una lesión en marzo que lo marginó de un final sumamente exitoso para el conjunto Culé, que conquistó LaLiga y la Champions League, e incluso condicionó su llegada a esa Copa del Mundo en óptimas condiciones. Tanto su inexperiencia, a sus tempranos 18 años, como su estado físico, marcaban también su lugar en el equipo de José Néstor Pékerman. Sus primeros pasos en las Eliminatorias en 2005 fueron positivos, pero todavía tenía que pelear por un lugar con jugadores mucho más establecidos como Juan Román Riquelme, Pablo Aimar, Javier Saviola y Carlos Tévez.
Eso no quitó que su debut mundialista tuviera un condimento especial. Debió esperar al segundo encuentro de la zona, cuando la Argentina ya daba un recital y goleaba 3-0 a Serbia y Montenegro, pero hizo valer la pena. Su ingreso estaba tan predestinado que, en el momento en que reemplazó a Maxi Rodríguez a los 30 minutos del segundo tiempo, la transmisión oficial de inmediato mostró a Maradona, que desde la tribuna festejaba el cambio como si fuera un gol. Y no tuvo que esperar mucho para festejar goles de verdad: tardó solo cuatro minutos en asistir a Hernán Crespo y otros 10 para abrir su cuenta personal en Mundiales, apareciendo desde la derecha para culminar una gran jugada colectiva para el 6-0 final.
A pesar de su esperada aparición, la imagen más memorable de la Pulga en Alemania no fue en la cancha, sino fuera. Messi sumó minutos en el empate ante Países Bajos y en el agónico triunfo sobre México en los cuartos de final, pero Pékerman no le dio lugar en los cuartos, en la eliminación de la Albiceleste por penales ante el conjunto local. Y quedó para la historia la fotografía suya sentado en el banco de suplentes, de brazos cruzados y con las piernas estiradas, con un indisimulable fastidio. La imagen en sí no se repetiría en el futuro, pero sí el sentimiento.
Sudáfrica 2010: una realidad en clubes, una frustración en selecciones
Cuatro años después, la realidad era completamente distinta. Messi llegó a Sudáfrica con un Balón de Oro y un legendario sextete en Barcelona bajo el brazo, ya erigido sin lugar a dudas como uno de los dos mejores jugadores del mundo y con los títulos en sus clubes para demostrarlo. Todo parecía indicar que el Mundial llegaría para confirmar con su selección el dominio que ya ejercía todos los fines de semana.
Esta vez, para el rosarino, que el año anterior ya había centralizado su posición en la cancha con Pep Guardiola, la expectativa era aún mayor por estar bajo el mando del propio Maradona, que ya lo había catalogado como su sucesor. La mentoría era tan evidente y premonitoria que fue también la primera Copa del Mundo en la que llevó la camiseta número 10 y la cinta de capitán, que estrenó en la victoria por 2-0 ante Grecia, donde culminó una fase de grupos ideal.
Sin embargo, a pesar de aquel gran comienzo, en los cuartos de final se encontró con una Alemania mucho más consolidada a nivel colectivo, y se llevó una dolorosa paliza por 4-0. No lo vio desde el banco esta vez: sufrió todo el trámite en carne propia, dentro del terreno de juego. Concluyó además la única cita mundialista en la que Messi no encontraría el arco rival, algo que comenzó a molestar al público argentino ante la incongruencia con su voracidad goleadora en Cataluña.
Brasil 2014: a las puertas de la gloria
Si en 2010 Messi era un candidato fijo a ser el mejor jugador del mundo, para 2014 el debate ya se había elevado para hablar de él como uno de los mejores de la historia. Se sucedieron otros cuatro Balones de Oro consecutivos, incontables títulos con la camiseta blaugrana y un sinfín de goles y gambetas asombrosas. Pero la espera con la Selección Argentina también se hacía cada vez más larga, y con ella crecía también la presión interna y externa.
El Mundial de Brasil llegaba como la mejor oportunidad posible para coronar el proceso. La Albiceleste había encontrado paz por fin bajo el liderazgo de Alejandro Sabella, que junto al 10 con Gonzalo Higuaín, Sergio Agüero y Ángel Di María en un ataque electrizante, que lideró las eliminatorias con puño de hierro y llegó al país limítrofe como uno de los favoritos a obtener su tercer título.
En el inicio del torneo, Messi tomó el rol preponderante que tanto se le pidió, y firmó cuatro goles en la fase de grupos ante Bosnia y Hercegovina, Irán y Nigeria, incluyendo un tanto en tiempo de descuento en el segundo encuentro y un espectacular tiro libre en el tercero. A medida que el torneo avanzó, la Pulga fue adecuando su papel a las necesidades colectivas, y aunque los goles dejaron de fluir, la Argentina siguió superando etapas hasta llegar a la gran final. Una vez más, Alemania esperaba del otro lado.
La ocasión parecía ideal. En el pico de su carrera, en el Maracaná y ante el rival que tanto lo había amargado en el pasado. Pero volvió a ocurrir. Al capitán no le faltaron chances de convertir, incluyendo un tiro cruzado que se fue besando el palo, y fue Mario Götze el encargado de romper el corazón de Messi y el resto de los argentinos en la prórroga. La sensación reinante era que la mejor oportunidad de hacerse con el trofeo había pasado.
Rusia 2018: el piso histórico
El período hacia el siguiente Mundial se sintió eterno. Se sucedieron dos de las grandes amarguras argentinas en general y del jugador en particular, como lo fueron las dos finales de Copa América perdidas ante Chile; su fugaz retiro internacional y posterior regreso; tres seleccionadores distintos y unas Eliminatorias angustiantes que debieron definirse en el último partido, donde el rosarino se tuvo que vestir de salvador ante Ecuador en la altura.
Ante un ciclo tan caótico, y con la opinión pública en su momento más tenso hacia él, Messi afrontó la Copa del Mundo en Rusia como una lucha contra la corriente, tanto en cuanto a la presión externa como a los indisimulables problemas internos que acarreaba la Selección. El resultado fue su rendimiento más flojo en Mundiales: malogró un penal que sentenció un incómodo empate ante Islandia y fue una sombra en la humillante goleada por 3-0 ante Croacia. Mostró destellos de su calidad con un gran gol ante Nigeria de cara a evitar la debacle absoluta en fase de grupos, pero no pudo cambiar la tónica general, y se despidió en octavos de final, con un 4-3 ante la eventual campeona Francia.
En la previa del torneo, con el número 10 superando ya los 30 años, se hablaba de que podría tratarse de la última chance de alzarse con el trofeo que más anhelaba, por el que dijo que cambiaría todos sus Balones de Oro. El final de esa experiencia fue tan amargo que se hacía imposible pensar que su sueño terminaría así, que faltaba un giro más a la historia. Esas presunciones se terminarían cumpliendo.
Qatar 2022: redención y ascenso a la gloria
Todo lo que tuvo de traumático la antesala a 2018 lo tuvo de ilusionante la de 2022. Bajo la conducción de Lionel Scaloni, el seleccionado se reordenó, reformuló e incluso volvió a festejar un título tras 28 años con la Copa América 2021. Messi estaba al centro de ese resurgimiento aún con 35 años, y Qatar se presentaba como la ocasión ideal para coronar ese buen momento.
Claro que estuvo muy cerca de desmoronarse tan pronto como comenzó el torneo. La caída ante Arabia Saudita por 2-1 en el debut llegó como un mazazo, y el segundo partido frente a México tampoco daba margen a la ilusión. Fue allí cuando Messi se hizo cargo de la situación por su cuenta, con un auténtico golazo desde el borde del área en un eventual 2-0 para abrir el camino del equipo argentino que, con los 7 tantos y 5 asistencias que aportó el 10, alcanzó la inmortalidad en Lusail de manera épica ante Francia.
Si la imagen que ofreció en aquella final, donde convirtió un doblete, hubiera sido la última de él con la camiseta albiceleste, el relato ya hubiera sido perfecto. Así no lo decidió el propio Messi, que prefirió degustar el amor eterno que se ganó tras tantos años de lucha hasta donde le permita el cuerpo y su fútbol. En esa vena afrontará esta próxima Copa del Mundo, un torneo donde ya no tiene más nada que probar, algunos récords todavía que romper (está a 3 goles del alemán Miroslav Klose, el máximo goleador histórico de la competición) y una última función a modo de epílogo para deleitar al mundo del deporte.
