La Leona Victoria Miranda, con el corazón en llamas en el Mundial de Hockey 2026

Victoria Miranda y Sole García, una complicidad que comenzó en Córdoba y las acompañará toda la vida. ESPN.com

Hay preguntas que no buscan el dato táctico ni el análisis helado, sino que van directo a la grieta donde laten los dolores, las ausencias y las conquistas más profundas. En la transmisión del Mundial de hockey 2026, el cruce entre Victoria Miranda, Soledad García y Mercedes Margalot regó el aire con el instante más humano y transparente del torneo. Bastó que Sole tocara la tecla de la familia para que a la cordobesa se le quebrara la voz y el llanto se volviera contagioso, transformando la nota en un refugio de contención entre dos generaciones de Las Leonas.

Jugar el primer Mundial mayor no es únicamente ganar un lugar en la lista o disputar una bocha en la elite; es cargar sobre la espalda las cicatrices del camino. Con la sensibilidad a flor de piel, la Negra le puso palabras al peso invisible que arrastraba desde diciembre, cuando en plena Pro League sufrió la pérdida de su abuela Yoli, un pilar insustituible en su vida. "Me costó un montón estar acá. Ganarme el lugar, ganarme los minutos... Mi familia siempre estuvo. Y cuando yo no podía más, ellos estaban ahí diciéndome que siga", confesó mientras las lágrimas terminaban de romper el molde. Es la radiografía exacta del deportista: los días de enojo, el cansancio acumulado, el desahucio de no saber si alcanza y esa red familiar que amortigua la caída para volver a ponerte de pie.

Además del recuerdo por quien no está físicamente, la Viki está iluminada con sus ángeles presentes, entre ellos sus padres Claudio y Sira, además de su hermano Pedro en las gradas. Volaron desde su querido Río Cuarto para acompañarla en este sueño, como en todos los demás.

Entre pausas emotivas y la complicidad de Sole y Mechi -quienes entienden como nadie lo que cuesta sostener esa vara-, Miranda inmortalizó una caricia al corazón. La semilla floreció en el momento justo, impulsada por los que alientan desde la tribuna y por esa presencia que la cuida desde el cielo. Porque cuando la chicharra apaga el ruido del estadio, la certeza es una sola: a la gloria no se llega en soledad, se llega con la casa, las raíces y la memoria empujando, con el alma entera, la bocha hasta el final.