Ana Fénix: el regreso de Ivanovic

Ana Fénix: el nuevo vuelo de Ivanovic. Getty Images

BUENOS AIRES -- "Ha pasado tanto tiempo que ni siquiera lo recuerdo. Definitivamente ha sido un lento regreso". Ana Ivanovic se lo toma con naturalidad. Comprendió su momento, entendió qué sucedía en su vida, modificó su forma de ver y sentir el tenis y volvió a brillar. Como el Ave Fénix, renació. Creció, creció y creció. Hace dos temporadas que avisaba; hoy retornó. La serbia es la única jugadora en alcanzar 50 triunfos en el año y volvió al Top 10. Ahora, a raíz de la baja de Na Li, será octava preclasificada en el Abierto de Estados Unidos. Y pide pista.

Varias páginas atrás. Su título en Roland Garros 2008, su único Grand Slam, la catapultó al número uno del mundo. Doce meses después, su caída en cuarta ronda en París ante Victoria Azarenka, la sacaba del Top 10. Y los problemas. Unos meses antes comenzaba su inestabilidad. Un síntoma, la ruptura con su coach Sven Groeneveld. Poco después, punto final para la relación con su preparador físico Scott Byrnes, con quien había trabajado durante tres años. Y luego, tras cinco meses, cerró su efímero vínculo con el entrenador Craig Kardon. De nuevo bajo las órdenes de Groeneveld en un grupo de trabajo. La historia no iba bien. Cero orden. Y barranca abajo: abandono en Wimbledon y eliminación en el debut en US Open. Con la mente en otro lado, decidió frenar su actividad.

En el peor momento de su carrera, un nuevo cambio de timón. Heinz Günthardt, exentrenador de Steffi Graf, comenzó un periodo de prueba. Con él, tocó fondo. Indian Wells 2010 la terminó sacando del Top 30 y la gira por el césped, luego un fallido paso por la capital francesa, la bajó al N°65. Y ahí, desde lo profundo, empezó a volar el Ave Fénix. A renacer. Luego de unos meses de frustración, comenzó la recuperación. Con poca confianza, con problemas notorios en su servicio y sin estar a punto en la parte física, se reencontró con algunos resultados. Un oasis, que iba a ser tapado en parte por el inicio de la siguiente temporada, con caídas inesperadas y una serie de lesiones.

Pero llegó el click, en Eastbourne 2013, tras una derrota en primera ronda ante Elina Vesnina. Y la voz de aliento salió desde su núcleo familiar. En la habitación del hotel, algo golpeada por su rápida despedida, Ivanovic decidió calmar tensiones con una charla. Y se apoyó en el hombro de su hermano. De manera virtual, en esta ocasión. La serbia se comunicó a través de su computadora, tuvo una larga conversación y apareció la solución divina. Era tiempo de un cambio. Y lo supo interpretar. Luego de una hora y media de palabras cruzadas con Milos, viró su presente. Se relajó por completo y consiguió una mentalidad diferente. "Obviamente las cosas no suceden de la noche a la mañana, pero estoy muy orgullosa de los pasos que tomé. Soy una persona más feliz. No me juzgo por los resultados. Lo hago como persona, por los valores que tengo", señalaba.

Ese intercambio pantalla mediante, además, tuvo un efecto inmediato en las canchas. Con nombre y apellido: Nigel Sears. El coach británico supo cómo corregir el servicio de Ivanovic, el gran déficit en el juego. Los erráticos lanzamientos y las constantes dobles faltas poco a poco fueron quedando en el olvido. "Trabajé muy duro en ello y todavía lo hago. Sigo pensando que puedo mejorar el saque". En 2012 llegó a tocar el N°12 del mundo; y un año después se mantuvo en todo momento entre el 12 y el 17. Su tenis había cambiado. Su cabeza también. Era otra. "No intento ser la jugadora que supo ser número uno del mundo. Trato de ser mejor. Evolucionar día a día. Esa etapa fue genial. Yo era muy joven y muy exitosa, pero no quiero volver a eso. Quiero ser diferente", remarcaba.

Sus palabras, llamativas. Ivanovic no renegaba su pasado y buscaba volver a épocas de gloria, pero no a cualquier precio. "Quiero ser más madura y una mejor jugadora en general, y también más feliz. Creo que soy más feliz ahora de lo que era entonces, a pesar de que en ese momento era la mejor del mundo", señalaba el año pasado, en una temporada que la vio volver a una final después de 23 meses. Un envión necesario para llegar a este presente ideal.

Así empezó el 2014 con otras sensaciones, algo que no experimentaba desde Bali 2011. Cinco triunfos seguidos y título en Auckland. Su mayor tranquilidad a la hora de afrontar los retos empezaba a pagar con resultados. Y luego, cuartos de final en el Abierto de Australia y una nueva corona, esta vez en Monterrey. Los éxitos se fueron hilvanando uno a otros: final en Stuttgart, semis en Roma y festejo total en Birmingham, el primero suyo sobre césped. Y la vuelta al Top 10 en Stanford, luego de casi cinco años. "Fue una gran sensación porque sentí que he estado llamando a la puerta desde hace un tiempo. Siento que me merezco esa posición, pero todavía tengo que probarlo con mis resultados", señaló al respecto. Tuvo una rápida salida de la posición de elite y un regreso inmediato, en Cincinnati, donde se convirtió en la primera jugadora en alcanzar los 50 triunfos en el año.

Pero un detalle en todo ese pasaje ideal: nuevamente llegaron las rotaciones de coach en su carrera. A mediados de 2013 se desprendía de Sears por necesidad de un cambio. Y post Wimbledon, luego de una temporada de trabajo, daba por finalizado su vínculo con Nemanja Kontic. "Tras conversaciones amistosas, la pareja decidió no renovarlo", remarcó el escueto comunicado. Curioso, aunque hablado de antemano. La relación era por doce meses. Sin embargo, los grandes resultados bien podrían haber sido un factor para extender el idilio. Y más aún si se tienen en cuenta los conceptos de Ana. "Realmente me hizo más relajada en la cancha, pero a su vez hemos trabajado duro, lo cual es genial para mí. Soy una especie de persona que simplemente no puedo ser solo trabajo, trabajo, trabajo. Tengo que encontrar mi tiempo libre. Me gusta leer, caminar. Necesito un equilibrio. Él me ayudó en eso. Así que empecé a ser más feliz, simplemente disfrutando más de la vida, y creo que eso hizo la gran diferencia".

En su mejor lustro, giró nuevamente el rumbo de su conducción. Su presente, de la mano de Dejan Petrovic. "Definitivamente es el polo opuesto. Estoy disfrutando de verdad. Tenemos una buena comunicación. Nos reímos mucho y nos entendemos. Se ha formado un buen equipo. Ha sido realmente agradable, un buen cambio para mí", señaló Ivanovic, hace unos días antes de caer en la final en Ohio ante Serena Williams, en declaraciones, paradójicamente, en sintonía a su referencia sobre Kontic. "Es pronto para hablar de mejoras y esas cosas, porque realmente no tenemos mucho tiempo de trabajo en cosas específicas. Realmente espero pasar un buen tramo juntos. A veces se me juzga por cambiar tanto de entrenadores. Confía en mí, no quiero eso. Pero a veces simplemente no funciona. Es una pena, pero a veces hay que buscar lo mejor para uno", remarcó.

Ivanovic dio vuelta la página y piensa en lo que se viene. Hace unos años se la cuestionó por su delgadez. No la estaba pasando bien. Circunstancias de la vida la habían llevado a bajar de peso casi sin quererlo. Si bien le había visto el lado positivo de verse más ligera, tenía en claro que perdía potencia. Se recuperó a base de suplementos vitamínicos, proteínas y elementos orgánicos e inconscientemente -o no- le dio un plus a su juego: la agresividad. Ana ahora tiene con qué darle pimienta a sus golpes, a pesar de que eso le haya traído algunos dolores de cabeza con lesiones en la espalda y cadera, que se está tratando con un fisio y realizando una serie de ejercicios en esta semana de descanso. Y sí, el gran objetivo pasó a ser el US Open. Momento ideal para que el Ave Fénix despliegue su mejor vuelo. "Se vienen tiempos emocionantes", cerró, tras su presencia en Cincinnati. Habrá que seguir mirándola de cerca.