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Más allá de la publicidad

BUENOS AIRES -- Por cuestiones publicitarias, la final de la Champions League, el partido de clubes más importante del mundo, se centró en dos personajes antagónicos pero igualmente estelares, Leo Messi y Carlos Tevez.

Delanteros goleadores y argentinos, con una velada competencia en la Selección, ambos cumplieron una temporada formidable. De modo que la propaganda, además de sintetizar el duelo entre Barcelona y Juventus con los nombres más taquilleros, tenía un asidero futbolístico.

A contrapelo de los afiches, Barcelona demostró que tal vez no sea "más que un club", como dice su lema en catalán, pero sí que está por encima incluso de su figura histórica más significativa.

Para decirlo con otras palabras, el equipo de Luis Enrique -como antes el de Guardiola- se puede permitir brillar sin que brille Messi. Su lenguaje no se altera, sus infinitos recursos, sobre todo para mover la pelota hasta en situaciones laberínticas, no se agota.

Sin figuras descollantes salvo el grupo, Messi lució participativo, comprometido con el partido. Hasta corrió rivales y le puso el cuerpo -o lo intentó- a la recuperación. Con la redonda en el pie, hizo alguna de sus apiladas inefables, pero no incidió como suele, de manera decisiva, en los emprendimientos del Barça.

Probó con insistencia, eso sí, el envío largo, el cambio de frente. Como si a su múltiple repertorio pretendiera adosarle un renglón de lanzador.

Así vino el primer gol, de una pelota cruzada de Leo, que luego siguió el proceso de elaboración preciosista, inigualable, del equipo catalán.

Tevez estuvo por debajo de Messi y de la promoción de la final. Intervino en el gol del empate transitorio y poco más. Tampoco parecía afligido por su opacidad y sus apariciones más que esporádicas.

Los que siguen sosteniendo que el Apache es puro temperamento, incurren en un prejuicio. Más bien tiene una conducta metódica, de goleador quirúrgico. Que no corre de más, que sigue en forma estricta su GPS con destino al gol. O si no, nada.

Calculo que de eso se trata profesionalizarse. De apegarse a un libreto y a una inversión de energías que las altas pulsaciones no deben perturbar.

Por eso reconforta ver a Pirlo llorar con dignidad porque no soporta renunciar a un adiós glorioso, con la codiciada copa en alto. Tiene 36 años y lo ha visto todo, pero aún se permite la tristeza sin reproches ni victimización.

Fallaron los duelistas principales, entonces. Pero igual fue un partidazo. Con picos de emoción y la factura técnica que se espera de semejante espectáculo.

Equipos con esa jerarquía y ese rodaje no atan su suerte ni la altura de sus prestaciones a un individuo. Mejor para ellos y para el fútbol. Por más que esos señores tengan el talento de Lionel Messi y de Carlos Tevez.