Fede Grabich, el corazón en la pileta

Grabich no cree imposible volverse con una medalla en Río. Getty Images

BUENOS AIRES -- Apena bajó del micro respiró profundamente y se llenó los pulmones con el aire de su Casilda natal. El olor le atiborró la mente de recuerdos; de imágenes. Las horas y horas junto a los amigos en la plaza del pueblo. Quedarse hasta la madrugada en la calle sin miedo a nada. El club Alumni, donde prácticamente aprendió a nadar. Y el asado del domingo con la familia. Todo eso atravesó su cabeza en un puñado de segundos, los suficientes para hacerle sentir que, de ahí en más, todo iría mejor.

Federico Grabich acababa de llegar de Barcelona, donde había pasado un año entrenando en el primer nivel mundial de natación. Algo que la Confederación Argentina le había propuesto y aconsejado. "Vas a nadar con la infraestructura adecuada", "allá encontrarás el profesionalismo que necesitás" y "te vas a codear con los mejores". Todo eso le dijeron luego de los Juegos Olímpicos Londres 2012. Y todo eso se cumplió.

Pero Grabich necesitaba algo más que las frías condiciones. Físicamente lo llevaron a su cien por ciento. En lo técnico aprendió mucho. Pero su cabeza y, sobre todo, su corazón, estaban en Casilda.

Estuvo un año en Barcelona, bajo las órdenes de un entrenador que él mismo califica como "duro". Y la idea era que siguiera haciendo su preparación allá. Pero él no aguantó más y se volvió.

Otra vez con sus afectos cerca, volvió a entrenar con Mónica Gherardi, quién lo había formado en la natación desde su infancia. Amiga íntima de la madre de Fede, Gherardi lo vio nacer -literalmente- y estuvo a su lado en todas sus etapas en la pileta. Desde la adolescencia, cuando dividía su tiempo entre la natación y el básquet, hasta su explosión como nadador en el ámbito nacional, que lo catapultó a representar al país.

Grabich puso todas las fichas en su lugar y en 2014 se dio cuenta de que tenía razón. Para él, no hay infraestructura ni profesionalismo que supere lo afectivo. Los tiempos comenzaron a bajar, pese a las dificultades de practicar en piletas sin las medidas reglamentarias ni las condiciones óptimas.

Era su mente.

Y llegó el 2015. Llegó la explosión de Grabich.

Con 25 años, se embarcó hacia los Juegos Panamericanos de Toronto con una ilusión: Estar en la final de los 100 y 200 metros libres. La vida le devolvió un sueño hecho realidad. Se quedó con la medalla de oro en la distancia más corta, y con la de plata en los 200.

Entonces, todo se terminó de alinear. Llegaba bien en lo físico, en lo técnico y en lo emocional. Las dos preseas le dieron el impulso en términos de confianza. El combo se completó y, dos semanas después de Toronto 2015, fue al mundial de natación de Kazan, Rusia. Ahí conquistó el bronce y se convirtió en el primer argentino en ganar una medalla en un mundial de pileta larga.

Para rematar la que fue la mejor temporada de su vida, a principios de noviembre se quedó con la medalla plateada en la fecha de la Copa del Mundo que se disputó en Doha, Qatar.

Después de todo eso, volvió a Casilda y -apenas se bajó del micro- respiró profundamente y se llenó los pulmones con el aire de su ciudad natal. Río de Janeiro comprobará si el haber cumplido con ese ritual genera los mismos resultados que en 2015.