Amor eterno por Villa Olímpica, la historia de Roswitha Haas de Urquiza

MÉXICO -- Roswitha Haas de Urquiza llegó a México a finales de 1967. La nacida en Austria tenía como principal objetivo, además de conseguir trabajo, presenciar los Juego Olímpicos de 1968, mismos que vivió de manera muy peculiar, pues sus compatriotas se encargaron de darle entradas para los eventos y acceso a la Villa Olímpica, instalaciones de las que se enamoró y en las que vive desde 1973, donde ahora celebra su “boda de oro con México”.

Las arrugas en su piel y la blancura de su cabello revelan la experiencia y retos que tuvo que superar para lograr su meta: “Mi intención fue venir a los Juegos Olímpicos. Yo quería aprender el español y ser traductora. Tenía 10 meses para aprenderlo bien, pero finalmente los puestos los dieron mucho antes a la gente. Entonces me dediqué a dar clases de alemán e inglés”, declaró a ESPN Digital desde un departamento del edificio 15 entre una de las paredes que hace 50 años albergaron los sueños de alrededor 10 mil atletas, pero que ahora es una unidad habitacional en el sur de la Ciudad de México.

Para llegar tuvo que pasar por varios obstáculos. Uno de ellos lo vivió en la aduana de Mexicali donde le rompieron la visa de turista por solo tener 50 dólares, situación que no había visto en otros países en los que había estado anteriormente: Inglaterra, Canadá y Estados Unidos. Al final un japonés ayudó a que ingresara a territorio azteca.

Durante los movimientos estudiantiles del 1968 conoció a su esposo, mismo que cuando era su novio estudiaba veterinaria y le advirtió que no asistiera a la marcha del 2 de octubre. Diez días después en la inauguración quedó sorprendida con la manera en la que Enriqueta Basilio corrió para encender la llama olímpica y el mensaje que mandaron con las palomas que liberaron.

“Los Juegos Olímpicos más que nada eran un acontecimiento muy interesante para mí, porque yo conocía a un atleta de Austria que participaba, era luchador grecorromano, era el único, era el campeón austriaco ya en 27 veces y participó en 60, 64, 68 y 72 en los Juegos Olímpicos. Es un primo lejano, de segundo o tercer grado. Yo lo visité aquí en la Villa Olímpica y después prácticamente todo el tiempo me pasé con ellos en los diferentes eventos olímpicos inclusive a la inauguración y al final también”.

Franz Berger, quien al igual que Roswitha provenía de Wals, localidad ubicada a cuatro kilómetros de Salzburgo de Austria, fue el familiar que la ayudó a que prácticamente fuera una más de la delegación austriaca, grupo que la adoptó como tal, incluso hacía el traslado de la Villa a las diferentes sedes en el autobús de los protagonistas: “Yo llegué aquí a la entrada y ahí él me pasó. Yo pasaba casi sin que me revisaran, pensaban que era un atleta, güera, joven y todo pues nunca me checaron”, recuerda entre risas sentada en el sillón rojo de su sala.

Haas de Urquiza recuerda cómo eran las habitaciones en las que dormían los deportistas durante México 68: “No había paredes, no había divisiones y había una pequeña salita, pero el resto eran puras camas, sus tres baños y ahí vivían como 12 atletas. Su cocineta, porque ellos tenían un lugar en el que comían, no tenían que comer en el departamento, ellos tenían sus comedores”, además del deportivo que hasta hace unos años fueron parte de la Villa, pero que ahora es controlado por la alcaldía de Tlalpan.

“Tenían el club, donde por un lado entrenaban, pero también por otro descansaban, nadaban, corrían. Les hacían muchas actividades de folklore”, dijo en medio de fotografías de su familia que adornaban su pared y mesa.

Relata que al final sus compatriotas partieron con una grata impresión, pues si bien la comida no fue tanto de su agrado y les costó adaptarse a la altura, quedaron fascinados de los lugares de la ciudad que conocieron gracias a Roswitha: “¿Cómo se come la tortilla?, me preguntaban. Bueno ahí le metes la comida y ellos hicieron un rollo. Preguntaban por la verdura. El picante tampoco les gustaba. Los llevé a Teotihuacán, Xochimilco, eso era la atracción y les fascinó México, y México se dio a conocer en Alemania, Austria a través de la olimpiada”.

Se terminó México 68 y volvió a Austria, donde su aún novio hizo una maestría durante dos años, sin embargo, se fue de tierras aztecas con una decisión firme: “A mí me fascinaba la Villa Olímpica, estaba lejos del smog y tranquilo, era un ambiente tan internacional. Siempre decía que, si me quedo en México y si voy a vivir en México, el único lugar donde quiero a vivir es en la Villa Olímpica. Para mí fue la experiencia más emotiva que he vivido, tanto por la inauguración, tanto por el cierre. Vivir aquí adentro la vida de los atletas”.

Pasaron los 24 meses y tuvo un dilema, quedarse en su país o volver a tierras aztecas, de las cuales quedó “fascinada” por el folklore, la música y los mercados, pero también estaban el lado que no le gustaba, como fueron los camiones de transporte público.

Al final regresó al suelo que había albergado los Juego Olímpicos y un año más tarde contrajo matrimonio con el hombre que le había advertido de no salir aquel 2 de octubre y con el que duró casada 44 años tras el fallecimiento de su esposo en el 2015.

Una vez en México de inmediato comenzó a explorar las posibilidades para vivir en las instalaciones que habían albergado a los atletas para residir: “La primera que busqué fue una vivienda en Villa Olímpica y rentamos primero. Aquí estoy desde hace 45 años”, cuenta con una emoción que se refleja en sus ojos color azul, que brillan al recordar esos momentos.

“Para lo que tuvimos que pagar sí era un poquito alto, pero yo dije voy a trabajar porque quiero vivir aquí. Entonces daba clases particulares al principio, después ya conseguí el trabajo en la UNAM. Después de un año, estaba busque y busque traspasos porque no había ventas directas y conseguí este traspaso. Lo aparté con mil pesos y le dije a mi esposo ‘ya compré el departamento con mil pesos’, me dijo ‘estás loca cuesta 65 mil pesos el traspaso dónde lo sacamos’”, compartió con una sonrisa, mientras acomodaba su pashmina que tenía impresas flores de colores, en las que predominaba el rosa.

Relató que, además de su empleo, ayudó mucho un préstamo que a su esposo le otorgaron en la empresa para la que laboraba, aunado a 25 mil pesos que obtuvieron gracias a un seguro. Con ello juntaron lo necesario para comprar el departamento en el que ha vivido momentos buenos y malos como los temblores de 1985 y 2017.

Los terremotos no hicieron grandes perjuicios, salvo algunas grietas, sin daños estructurales y contados tabiques que cayeron de las azoteas de algunos edificios de la ahora Unidad Habitacional Villa Olímpica Libertador Miguel Hidalgo que desde el 2015 cuenta con un sistema interno de alertas sísmicas.

El complejo está compuesto por 904 departamentos repartidos en 29 torres, donde las rentas rondan los 16 mil pesos mensuales y las ventas oscilan entre los cuatro y seis millones de pesos.

Roswitha de 73 años de edad tiene en sus recuerdos cada capítulo de aquellos Juegos Olímpicos que cambiaron su vida, esos que hicieron que se enamorara de la Villa Olímpica. En su mente aún están presentes las cuatro preseas que consiguió su país y las nueve que México sumó en el medallero, pero recuerda con emotividad la clausura, misma que considera fue el parteaguas para los eventos posteriores.

A pesar de que el luchador grecorromano Franz Berger murió en el 2012, aún mantiene contacto con la familia del atleta que hace 50 años fue el encargado de darle acceso a la que ahora es su casa.

“Es mi hogar, aunque fuera a Austria no me siento igual como en la Villa Olímpica, donde todavía hay mucha gente que conozco, tanto en el edificio como en la unidad. Sales conoces a la gente, te saludan y todo es muy práctico, tienes las tienditas, tienes el club que puedes ocupar, puedes caminar con seguridad, todos los árboles, la tranquilidad eso es para mí. Ha sido una experiencia maravillosa que no cambiaría por nada”.