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Carta a Muhammad Ali

Al Más Grande,

Así, con mayúsculas y con la fuerza con la que suena el apelativo cuatro años después de tu partida. Con una pronunciada reverencia al gran peleador de nuestros tiempos.

Todavía recuerdo las imágenes de tu multitudinario funeral. Miles de devotos rindieron tributo al hombre que conquistó el mundo con sus puños, con su boca y con su corazón. Todo porque el camino de los héroes es inigualable. Si no es así, ¿cómo analizar desde un cristal humano a un hombre que lanzó un oro olímpico al río porque no lo dejaban sentarse en un restaurante de blancos en su natal Louisville? ¿O cómo entender a alguien que quiso dejar atrás su nombre de bautismo, Cassius Clay, porque era el de un esclavo?

Apenas habías ganado tu primer campeonato mundial, contra Sony Liston, cuando decidiste tomar el nombre de Muhammad Alí. Era 1964 y el mundo era una cruz incendiada por el racismo. Y lo entendiste desde tu influencia en el ring; desde la luminosidad de tu carisma y de tu poesía juvenil:

Yo soy América, yo soy la

parte que no reconoces

Pero acostúmbrate a mí. Negro,

seguro, engreído: mi nombre,

no el tuyo; mi religión,

no la tuya; mis metas

a mi modo. Acostúmbrate a mí.

Todavía pienso cómo pudieron ser esos tres años y medio en que fuiste expulsado del boxeo por negarte a tomar las armas en Vietnam. Según tu entrenador, Angelo Dundee, estabas en el top de tu carrera, pero en vez de dominar el ring te volviste un héroe anti-guerra para las generaciones jóvenes de Estados Unidos.

Aquella ausencia en el ring te dio otro round ganado en las tarjetas de los derechos civiles.

Fuiste una voz estruendosa (“¡¡¡Sacudí al Mundo!!!”). Altavoz de otras luchas, que eran la misma: Jackie Robinson, los guantes negros, Kareem Abdul Jabbar... Y también de Malcolm X y Martin Luther King.

Pero de los políticos te distanciaba algo. El activista por los derechos civiles, Julian Bond, decía acerca de ti: “Debido a que Ali se mantuvo por sí solo, su impacto fue especial. Él no perseguía una agenda política; no estaba respaldado por una organización. Él era solo un muchacho, no sofisticado, no bien estudiado; no un experto en política internacional, pero sí alguien que sabía distinguir entre el bien y el mal”.

Fuiste un hombre de tu tiempo, pero también de los que te siguieron. Tu discurso sigue vigente. A pesar de estar encerrado en la jaula del Parkinson, tu cerebro pensaba con la misma claridad: “La gente dice que hoy hablo muy despacio. No es una sorpresa. Calculo que he recibido unos 29 mil puñetazos. Pero gané 57 millones y ahorré la mitad. Así que me llevé unos cuantos golpes fuertes. Sabes cuántos hombres negros son asesinados con cuchillos y pistolas sin un centavo para sus nombres?”

Ufff. Esos, como siempre, son temas difíciles. Hoy, a causa de un virus, vivimos el gran confinamiento, un encierro como el que no imaginaste nunca. Así, con los nervios crispados y los bolsos vacíos por el desempleo, una bomba detonó todo. Es una historia que tú bien conoces, pero tiene otros nombres. El policía (blanco) Derek Chauvin asfixió con su rodilla a George Floyd (afroamericano) y eso hizo que América se incendiara una vez más. Las palabras finales de Floyd “No puedo respirar…” han encendido disturbios en más de 70 ciudades.

Hay otro deportista en la actualidad que lo había denunciado, pero que hicieron callar. Se llama Colin Kaepernick. No es grandilocuente como tú; tampoco es el mejor de todos. Y aunque no hace poesía con fondo político cada vez que habla, entiende tu lucha (la de todos). En 2016, previo a un partido de la NFL, tuvo el valor de hincarse para protestar por la brutalidad policiaca contra los afroamericanos. Eso lo une contigo: dar voz de los oprimidos. La protesta de Kaepernick marcó tendencia. Muchos lo siguieron y eso lo volvió incómodo para el juego. Ningún dueño de la NFL ha vuelto a darle una oportunidad para ser quarterback de su equipo. “No es bueno para el negocio”, han dicho.

Al igual que tú, Kaepernick acaba de cumplir también tres años y medio fuera del juego. No ha estado en el campo, pero hoy su lucha está tan vigente como siempre. Se acaba de ofrecer para pagar los gastos legales de los detenidos por las protestas de Floyd. Y eso hace que todos recordemos su rodilla en el suelo, que, al fin y al cabo, da continuidad a la lucha (tu lucha).

Hoy cumples cuatro años de muerto, mientras el mundo cambia. Ese mundo por el que luchaste “volando como una mariposa y picando como una avispa”.

Te escribo Campeón (Sí, otra vez con mayúscula) porque extrañamos tu elegancia demoledora dentro del ring y tu claridad valiente fuera de él. Te escribo porque siempre necesitamos a alguien como tú, al Black Superman, sobre todo en los días más difíciles.