Paladino, el médico del boxeo

Roberto Paladino ESPN.com

El doctor Roberto Roque Paladino nació en 1933. Cuando andaba por los treinta años, ya recibido de médico ingresó al club atlético Huracán, allá por 1961, como practicante. “Fue entonces que lo conocí a Oscar y eso me cambió la vida para siempre”, reconoció alguna vez.

Oscar era Oscar Natalio Bonavena, y todavía no era Ringo, sino un boxeador de peso pesado que insinuaba una carrera prometedora. “Oscar empezó a presentarme como su médico personal, en todas partes, cuando los “médicos personales” no existían demasiado en el boxeo; en el boxeo argentino al menos”, contó Paladino, el “Tordo” para muchos de sus amigos.

El muchacho nacido en el barrio de Almagro, de humilde origen y que desde chico se empezó a mover como un adulto, el mismo que gracias a su maestra Sara Rodríguez aprendió a tocar el piano, pasó con el tiempo a ser una celebridad en sí mismo.

El doctor Paladino, efectivamente, se convirtió en un símbolo de fútbol, boxeo y tango. Amante de Aníbal Troilo, Osvaldo Pugliese y Carlos Di Sarli, estuvo ligado a Huracán entre 1961 y 1970. Y luego transitó por el Racing Club de Avellaneda entre 1974 y 1977. Y el River del 79 al 88 lo ubicó en primerísimo plano. “Pero tampoco me olvido de aquel Temperley campeón de Primera B en 1974, yo he pasado grandes momentos en el fútbol y he disfrutado de amigos como El Bambino Veira o Basile, entre tantos otros”.

Pero tal vez haya sido mucho más famoso por el boxeo. Y por sus anécdotas, algunas personales y otras muy bien contadas. “Bonavena era único y con él uno siempre la pasaba muy bien. Cuando estaba por viajar a Nueva York para la pelea con Muhammad Ali, se produjo una denuncia en Ezeiza: alguien había puesto una bomba. Se paralizó todo, aparecieron más medios de los que ya había y, por supuesto, al estar Ringo Bonavena entre los pasajeros, fue la atención de todos los reportajes. Finalmente pudimos embarcar. Fue entonces cuando se me ocurrió preguntarle: “Oscar, ¿No habrás sido vos el que hizo la llamada, no?” Me miró sonriente y me dijo si con la cabeza. “¿Sos loco? ¿Por qué lo hiciste?”, le pregunté. Y me dijo “Para hacer publicidad…” Si, todavía quería más publicidad, un fenómeno”.

Confesaba sin rubores que nunca vio las peleas de sus boxeadores. “Me pongo muy nervioso y me quedo en los vestuarios, me hace mal”. Estuvo junto a Carlos Monzón en toda su carrera. Cuando Carlos casi noquea a Jean Claude Bouttier, se ahogó prematuramente, por salirse del libreto. “Te equivocaste, Carlos –le dijo Paladino-, no cambiés el ritmo, si te hiciste rico vendiendo papas, ¡Seguí vendiendo papas!”.

Su afición por el piano lo convertía muchas veces en el eje de las concentraciones. Recorrió el mundo junto a Monzón, Galíndez y tantos otros. “Roberto Mano de Piedra Durán me contrató para su pelea con Davey Moore en el Madison. El volvía después de abandonar con Leonard. A Moore le dio una paliza y se convirtió en campeón mundial de los medianos Juniors. Un tremendo boxeador, para mí el latino más grande de todos”.

Fue muy amigo de Juan Carlos “Tito” Lectoure, el legendario promotor del Luna Park, con quien siempre se trató de usted. Paladino, Lectoure, Ernesto Cherquis Bialo, Horacio Accavallo, Hugo Basilotta y Norberto Bianchi se reunían en mesas interminables después de aquellas inolvidables noches de boxeo en el Luna Park.

Hoy se ha ido y queda el recuerdo de sus anécdotas, de su buen humor, de sus reflexiones, de su sabiduría de barrio. “Mi mamá se ganó la vida limpiando escaleras. A veces se sentaba en cada antes de empezar la otra, por lo cansada que estaba. La vida me llevó por el mundo, pero jamás olvidé mis raíces, porque esa debe ser la esencia, el saber de dónde uno viene. Siempre”.

Se fue el doctor Paladino, el querido “Tordo” el que, al igual que el Gordo Troilo, jamás se fue de su barrio.