La expedición del América a Japón terminó en un breve suspiro. Lo que duró el tiempo agregado del árbitro paraguayo Enrique Cáceres que otorgó un minuto extra a lo que había señalado en un principio. Segundos suficientes para aniquilar un alma impetuosa.
Ahí, como el asesino discreto que es en el área, al más puro estilo de su instinto conquistador, Karim Benzema resolvió un balón que le iba a la pierna contraria y con sutileza la colocó en el ángulo de Moisés Muñoz. Después de eso vino el medio tiempo de un partido que para el América será anecdótico por soportar con estoicismo a un Madrid bloqueado mentalmente por el viaje y que sin ser espectacular se calificó a la final del Mundial del Clubes.
No fue la hazaña militar que el americanismo esperaba, antes bien quedó como una derrota decorosa que más de uno querrá enmarcar. El madridismo apenas si archivará este juego, uno de los más lacónicos de la burguesía merengue, una sosa exhibición mundial que hace aparentar un compromiso de marketing de los futbolistas de elite en lugar de un torneo anhelado.
El tener de frente a Cristiano, Kroos, Benzema y el resto de la tropa madridista, predispuso a los futbolistas del América a la sugestión de un estado de trance que se identificaba por errores comunes en el pase y nerviosismo en las piernas. Rebasados físicamente y en la técnica también, se aferraron al clavo ardiente de la disciplina táctica de Ricardo La Volpe, viejo marinero que sabe resolver con algo de limpieza estos duros remolinos.
Del Madrid unas cuantas gotas de magia. Cristiano dando un taconazo o Luka Modric como pistón por todo el terreno repartiendo balones pero tampoco oro en abundancia. Consciente Zinedine Zidane de que el América no les competiría desde la calidad ni el refinamiento técnico, se preocupó más por los músculos y ordenó achicar el campo cuánto antes. Mientras más pronto resolviera el trámite, mejor.
Tardó el Madrid en identificarse en el campo. No pasó sobresaltos salvo un disparo lejano de Renato Ibarra y uno más de William Da Silva. En cambio, Cristiano puso un cabezazo al poste y probó a Muñoz a mansalva en un tiro violento que el guardameta con reflejos pudo sacar a dos manos.
El partido, cerrado en el marcador, daba el beneficio sicológico al América cuando le vino la maldición del último minuto, ése que casi siempre afecta a los equipos que tienen un solo camino para ganar un partido. Un gran pase de Cristiano dejó en posición a Benzema que rubricó con calidad para mantener la racha de Zidane histórica de 36 partidos sin derrota.
Las Águilas requirieron de un revulsivo de cohesión, porque Rubens Sambueza salió en una de sus peores versiones y La Volpe, tuvo que encomendar el juego a Michael Arroyo, que pudo poner pizcas de pimienta en el desnutrido ataque americanista.
Sobre el final del partido, otra vez en tiempo de compensación, apareció Cristiano Ronaldo que arrancó en buena posición a pesar de las protestas de los defensores y definió con sencillez para celebrar con el acostumbrado culto a sí mismo.
La travesía del América culminó de manera decente. El milagroso asunto en el futbol está deparado para unos cuantos, cuando se tiene al Madrid enfrente se necesita más que eso.
