¿Cuándo termina un jugador? Messi y la eternidad de los elegidos

¿Cuándo empieza un jugador?

¿Cuándo termina?

Lionel Messi se arrodilla sobre el césped de New York. La imagen es conmovedora: envuelto en lágrimas, la conexión con el público se hace infinita. Es un grito que provoca ecos desparramados en distintos idiomas. Una Babel de lenguas quiebra la tarde-noche. Tres finales en los últimos cuatro Mundiales. Un título. El grito de los olvidados, el silencio mágico de los humildes que provocará estupor en distintos lugares del mundo. Las tintas de los titulares. Las primeras cintas de sus videos. Sus distintas versiones confluyendo en la de sus 39 años. Voces que se multiplican. Algoritmos que alguna vez lo golpearon, pero que hoy lo cobijan y abrazan.

Caer, levantarse, crecer. Y finalmente triunfar. La eternidad es el pedestal de los elegidos.

Allí está él, la síntesis del fútbol, deporte global que envuelve pasiones. El más grande jugador de todos los tiempos se desploma y provoca, sin buscarlo, la imagen perfecta. Porque esta fotografía será para siempre. Messi, el de Rosario. Messi, el de Barcelona. Messi, el de París. Messi, el de Miami.

Messi, el propio niño Dios de Argentina. La leyenda. El pibe de Rosario a los pies de los cielos de granito de una ciudad que observa todo desde arriba. Un contrapicado que sirve para contemplar lo que significa la soledad de la cúspide. Que recuerda a Ciudadano Kane. Que tiene su propio Rosebud: el hombre que conquistó todo y, sin embargo, siguió llevando consigo al chico que empezó en el potrero. Messi sobrevivió a un imposible: convivió durante décadas con el frío de la cima de la montaña. Con el refugio que solo tienen los elegidos de verdad. Y en ese desafío no buscado, en esa persecución constante del éxito a través del sacrificio, ganó la batalla cultural de la comparación estéril. Ya lo dijo alguna vez Diego Maradona: "Cuando estas en lo alto, allá arriba... no hay presurizacion. Vi para abajo y vi muchos mediocres que se creían importantes"

La historia de Messi en los Mundiales reproduce, de alguna manera, su propia génesis como persona. Se juega como se vive. Y se vive como se juega. Cuando todavía era Lionel, fue diagnosticado con un déficit de hormona de crecimiento. Tuvo que inyectarse, a los 11 años, para crecer sano y fuerte. Barcelona fue su primer gran hogar y el escenario que comprendió antes que nadie que estaba ante un futbolista diferente. También terminó convirtiéndose, como tantas veces ocurrió con sus grandes ídolos, en el lugar que no supo despedirlo.

Ser argentino es vivir -y convivir-, con un tango eterno que nos atraviesa el alma. Somos todos una mezcla de sensaciones encontradas. Sabemos abrazarnos fuerte. Somos pasionales, enérgicos, por momentos insoportables. Cambiamos el mundo en una mesa de café cada día que nos levantamos. Hay argentinos distintos, pero somos, en el fondo, todos iguales. Es un ADN de contradicción permanente. Messi, en ese carnaval de opiniones divididas, en ese torbellino de argumentos inexplicables, no solo salió airoso. Les ganó a todos. Desde el primer Mundial que jugó en la Selección, allá por 2006, cuando se quedó en el banco en la eliminación ante Alemania por decisión de José Pekerman. Ah, la juventud, divino tesoro: Messi, con los pelos al viento, era un potrillo salvaje. Un talento en estado puro, que cargaba con la mochila de quien luego sería, cuatro años después, su entrenador en la Selección Argentina: Diego Maradona.

Messi y Maradona. Maradona y Messi. Fue así y no fue tan así. Porque en algún momento, fue Messi vs. Maradona. No por ellos, porque Lio siempre dijo ser maradoniano, como acostumbramos a decir por estas tierras en las que Diego, un futbolista e ícono cultural extraordinario, tiene su propia iglesia. Su propia religión. Así somos. Pero la comparación, en un país en el que pasaron tantas cosas, en un lugar donde mezclamos guerras con deporte, que es una ensalada de sentimientos, un ámbito en el que nos desgarramos por el fútbol y lloramos en cada esquina por amores perdidos, fue tan injusta como inevitable. Messi fue siempre tan argentino como el mate. Tan Gardel como Maradona. Y no lo íbamos a descifrar nosotros: él iba a enseñarlo. Nunca jamás sucumbió al acento español. Nunca fue regate, siempre fue gambeta. Nunca dejó de ser albiceleste pese a críticas injustificadas e impiadosas. "No canta el himno, no corre como en Barcelona, jugamos mejor sin él". A veces somos tan geniales. Y a veces somos tan estúpidos.

¿Cuándo empieza un jugador?

¿Cuándo termina?

Primero hay que saber sufrir. Después amar, después partir. Y al fin andar sin pensamiento...

Sudáfrica nos dio la imagen de Maradona y Messi. Ese abrazo, ese consejo, esa igualdad entre diferentes. Ni vos ni yo: nosotros. Alemania fue, en esa eliminación de cuartos de final con goleada inclusive, el final abrupto del sueño de los héroes. Queríamos ver campeón a Lio, pero también queríamos ver campeón a Diego. Messi triunfaba en los clubes, pero no podía con la Selección. Un vía crucis deportivo que lo tenía cerca, pero al mismo tiempo lejos. Meses de introspección, de frustraciones, de dudas. Lo de allá no podía ser acá. Messi intentaba, pero no podía. Era demasiado bueno para ganar tan poco con Argentina.

El Mundial 2014 dejó una imagen que recorrió el mundo. Leo observando con anhelo la Copa, en una derrota -de nuevo ante Alemania- que todavía duele. Tan cerca pero a la vez tan lejos. Fue una catarata de desilusiones en continuado, porque después, al dolor de perder el Mundial, se le sumaron dos finales de Copa América consecutivas. Messi ganaba Balones de Oro, era un genio en Europa, pero no podía ganar donde él quería. Y en junio de 2016, dijo basta. Dejó la Selección. "Ya lo intenté mucho, es la tercera final, intenté ser campeón con Argentina. No se dio, no lo pude conseguir", dijo La Pulga.

Sin embargo, tres meses después, puso en marcha su gran enseñanza. Volvió. Cambió de look, pelo rubio, y en esa reconstrucción, en ese volver ante la adversidad, dejó su sello: las cosas no terminan hasta que terminan. El Mundial 2018 fue una pesadilla, por el desarreglo previo, por una lista armada a los tropezones y por una derrota ante Francia en octavos de final, después de clasificar con un gol de Marcos Rojo sobre la hora, que dejó en claro que Argentina, con Jorge Sampaoli al mando, iba por la vida sin brújula, incluso con Messi en sus filas.

La llegada de Lionel Scaloni cambió absolutamente todo. Cuestionado, por supuesto, por su falta de pergaminos, pero, junto con su cuerpo técnico, le dio a la Selección Argentina el orden que necesitaba. Cambió la columna vertebral del equipo, rodeó a Messi de una generación que lo admiraba y encontró a los futbolistas capaces de acompañarlo hasta el final. Dibu Martínez, Enzo Fernández, Alexis Mac Allister, Julián Álvarez, Lautaro Martínez y tantos otros. Y encontró, también, al Messi ganador. No una vez: varias. Una Copa América. Y otra. Una Finalissima. Y luego el Mundial de Qatar en la redención épica en Lusail. Messi, abanderado, con la Copa en sus manos, coronando una carrera que parecía imposible de mejorar.

¿Cuándo empieza un jugador?

¿Cuándo termina?

Messi pasó a Inter Miami, pero siguió. Mató, en su recorrido, todas las comparaciones. Cristiano Ronaldo, su competidor por años, quedó muchos kilómetros por detrás. Rompió todos los récords. En 2026, a sus 39 años, se convirtió, por un rato, en el máximo goleador de la historia de los Mundiales. Y sin saberlo, o mejor dicho, sin siquiera buscarlo, dejó atrás con un Mundial de récords todas las comparaciones existentes para coronarse como el mejor jugador de todos los tiempos.

Maradona, que supo estar por delante, que muchas veces fue un fantasma imposible de alcanzar, quedó a su lado. Porque Maradona es Messi. Porque Messi es Maradona. Ni adelante ni atrás: juntos. La Mano de Dios y la zurda divina. El coraje de empujar, cada uno a su manera, a un pueblo. Pequeños genios de pantalones cortos. La 10 en la espalda, la sangre caliente, el corazón para que Argentina sea, en cada cancha, en cada tierra, en cada batalla, un corazón apretado.

¿Cuándo empieza un jugador?

¿Cuándo termina?

No son dos historias: es una sola, atravesando generaciones, redibujando intérpretes, cambiando escenarios. El mundo de los poderosos, de los que se levantan y pueden tener todo, bien quisiera haber tenido un Maradona. Bien quisiera haber tenido un Messi. Pero ellos, queridos amigos, son argentinos.

Ni tuyo ni mío: nuestro.

El tango. El mate. El fútbol.

Y todo lo demás, también.