Por qué Francia produce más talento joven que cualquier otra gran liga europea

Los dos aman al fútbol y lo juegan de forma maravillosa. Tienen, por cómo está hecho el mundo, distintas posibilidades. A los 6 años, uno de ellos sorprende por sus condiciones y lo incorpora AS Bondy, el club más importante de la localidad donde vive, en uno de los suburbios de París. A la misma edad, el otro juega en las calles de polvo de Bambali, una aldea de Senegal sin electricidad. A los 11, el nacido en Francia continúa con su desarrollo y lo llevan a Gran Bretaña a entrenarse con Chelsea. El otro sigue practicando fútbol descalzo con sus amigos y ayuda en las tareas del campo a su familia. Cuando tienen 14, mientras el ya adolescente francés sigue su formación en el Instituto Nacional de Fútbol de Clairefontaine y viaja a conocer la sede de Real Madrid, el senegalés empieza a urdir su sueño, que concretará al año siguiente: escaparse a Dakar, sin contarle a su familia, para realizar una prueba en una academia.

El joven africano, pese a jugar con botines rotos y atados con cinta adhesiva, logra superar ese examen y, después de un tiempo, transformarse en uno de los mejores delanteros del mundo. Se llama Sadío Mané y su carrera se parece a un milagro: es un elegido entre muchos coterráneos que, por la falta de posibilidades, nunca llegarán siquiera a ser vistos por un ojeador. El otro joven, que debuta a los 16 años en Mónaco, se llama Kylian Mbappé. Es el resultado de su esfuerzo personal, de su talento y del acompañamiento familiar, pero también de una estructura que en Francia funciona a la perfección.

Debería ser la norma que alguien con condiciones y ganas de especializarse en un oficio pueda encontrar el lugar indicado para darles forma a sus condiciones innatas. Pero que eso efectivamente ocurra tiene que ver un poco con la infraestructura y también con la cultura futbolística del país. En Francia esas dos condiciones se cumplen a la perfección y eso arroja como resultado a la mayor usina de futbolistas de élite que se encuentra hoy en el mundo. No siempre fue así.

Las decisiones que cambiaron el rumbo de Francia

Cuesta creer hoy que hubo un tiempo en que el seleccionado galo integraba el segundo o tercer pelotón en Europa. Esto empezó a cambiar en 1970, cuando después de sucesivos fracasos en Mundiales -la mejor actuación era el solitario tercer puesto en Suecia 1958- la formación de clubes quedó regulada por el Estado. Para 1973, con la llamada Carta del Fútbol Profesional, los clubes empezaron a tener la obligación de contar con un centro de formación que dispusiera de entrenadores calificados para los juveniles, los que accedían a atención médica, alojamiento y eran acompañados en su rendimiento escolar.

Empezaron poco después las buenas noticias, con tres clasificaciones consecutivas a los Mundiales desde 1978. Además, en 1982 y 1986 Francia se metió nada menos que en semifinales con un fútbol admirado en todo el mundo, en un ciclo brillante que incluyó además el título en la Eurocopa 1984. El camino estaba marcado, pero no sería una constante en ascenso hasta la cima.

La segunda mitad de los 80 fue un tiempo turbulento para el fútbol francés, cuando se empezó a apagar la generación brillante encabezada por Michel Platini, con escuderos como Alain Giresse, Jean-Amadou Tigana y Maxime Bossis. Aquel “fútbol champagne”, con mucho talento en ataque aunque algo descuidado en la faz defensiva, fue un contraste enorme con lo que vino después, cuando el seleccionado ni siquiera consiguió clasificarse a Italia 1990 y a Estados Unidos.1994.

Faltaba todavía que diera sus frutos una nueva iniciativa. Con la idea de dejar bases sólidas y preparar el terreno para consolidarse en la élite, la Federación Francesa de Fútbol (FFF) inauguró en 1988 en las afueras de París, en Clairefontaine, el Instituto Nacional del Fútbol. La idea madre pasaba por ser una escuela de jugadores y entrenadores no sólo en los aspectos técnicos, sino también para dotarlos de una formación integral que los preparara para la vida. Lejos de cosechar un apoyo unánime, en un principio generó resistencias. Por ejemplo, de Platini. “Los futbolistas salen de la calle”, protestó el por entonces máximo ídolo del país.

El tiempo les dio la razón a los dirigentes. Antes que Mbappé, de allí salieron cracks como Thierry Henry, Nicolas Anelka, Louis Saha y William Galla. Apenas algunos de los que ubicaron entre las potencias a Francia, que en 1998 se sumó al reducido grupo de los campeones mundiales y ahora llega a cada competición como candidato. Como para que no parezca ni un poco exagerada aquella definición que dejó Bielsa cuando dirigía en 2014 a Olympique de Marsella, y que mantiene actualidad: "El fútbol francés posee los mejores jóvenes futbolistas del mundo".

La inmigración, un factor clave en la Ligue 1

En contra de lo que marcan explicaciones facilistas e ignorantes de la historia, el vínculo de Francia con los inmigrantes no es cosa de los últimos tiempos. Algo de lo que el fútbol, como en tantos otros campos, puede dar fiel testimonio.

“Cuando mirás en serio la historia del fútbol francés, entendés que está muy ligado a la inmigración desde hace décadas. El primer francés que ganó el Balón de Oro fue Raymond Kopa, descendiente de polacos que llegaron al país a trabajar en las minas de carbón. Just Fontaine, goleador récord en 1958, había nacido en Marruecos. Platini tenía ascendencia italiana y después (Zinedine) Zidane, argelina, lo mismo que (Karim) Benzema. Y ahora está Dembelé, que también tiene raíces en África”. La explicación la dio Arsene Wenger, una de las personas que más sabe de fútbol en el mundo, invitado a hablar de fútbol en el podcast de Toni Kroos. Y fue más allá al precisar que “Francia es un destino deseado por el potencial que ofrece en educación, y porque todos saben que se les van a dar las herramientas necesarias para triunfar”.

Al cabo, hay un modelo que se repite en otras partes partes de Europa pero del que Francia es el modelo más exitoso. El biotipo de algunos jóvenes con raíces inmigrantes aporta el físico ideal para el deporte, a lo que se suma la formación táctica y técnica que a veces no se puede conseguir en los países de origen por falta de infraestructura.

Menos presupuesto para compras y más para juveniles

Más allá de la evidente excepción del bicampeón europeo PSG, los clubes franceses, al tener un peso económico mucho menor que el de otros gigantes del continente, se ven obligados a conseguir en la cantera lo que en otros lugares facilita la billetera. Es una situación que no casualmente resulta familiar también en Sudamérica, otra de las grandes usinas de futbolistas jóvenes en el mundo.

Respaldada por el talento natural, que acompaña una estructura aceitada en todos los estamentos, Francia mantiene así el rumbo que la consolidó en lo más alto del fútbol mundial. Podrá tener algún tropezón puntual, pero su presencia en el podio en las últimas tres Copas del Mundo, con seleccionados que ofrecen de los mejores espectáculos que se pueden ver hoy, da fe de que sigue en el camino correcto. Y que esa fábrica de talento que alumbró a Mbappé y tantos más seguirá dando que hablar en el futuro.