BUENOS AIRES -- Los goles se suceden sin pausa, uno atrás del otro. Alemania es una máquina programada para aprovechar el más mínimo error, lista para seguir machacando sin cesar a su rival donde más le duele, hasta el último segundo.
Del otro lado, se cae a pedazos un equipo sudamericano que llegaba como candidato, pero que veía como esa chapa volaba por los aires, dejando al desnudo las falencias que a duras penas había podido ocultar en sus partidos anteriores.
Podría ser 2014, pero también 2010. El 7-1 de Alemania a Brasil en semifinales del Mundial actual tuvo esa extraña sensación de déja vu, de lo ya vivido, sobre todo para quienes estuvimos en la cancha en el 4-0 sobre Argentina hace cuatro años, por cuartos de final. El local sufrió esta vez lo que tuvo que atravesar Argentina entonces, salvo que en una versión mucho más veloz, grandilocuente y exagerada.
Como cuando Hollywood hace la remake de una película europea: la idea central sigue siendo la misma, pero comprimida, repleta de efectos especiales y con muchos más golpes directos, repetidos hasta el cansancio.
Para seguir con la jerga cinematográfica, hagamos un flashback entonces al sábado 3 de junio de 2010: Mundial de Sudáfrica, cuartos de final, Ciudad del Cabo.
Llegamos al estadio Green Point, pasamos por la sala de prensa, buscamos nuestra ubicación en la tribuna y nos disponemos a disfrutar de un duelo que, en la previa, prometía ser cerradísimo, tanto como el 1-1 de 2006 que terminó decidiéndose en penales, también a favor de Alemania. Pero solamente tres minutos después del arranque, el partido quedaba sentenciado.
Otamendi, un central reformateado para marcar punta por su técnico (un tal Diego Maradona), termina siendo doblemente responsable. Primero, pierde la posición y comete falta sobre Podolski. Y del centro que envía Schweinsteiger, pierde a Müller, que de cabeza ante un Romero clavado en su línea marca el 1-0.
En la zona de prensa nos miramos como preguntándonos: "¿Pasó realmente lo que acabamos de ver? ¿Ya está perdiendo la Argentina de Maradona, de Messi, de Tevez e Higuaín, la que 'no se comía el chamuyo de Alemania'?
Seguramente se hicieron la misma pregunta los brasileños en Belo Horizonte cuando llegó el primer gol por medio de... sí, del mismo Müller. Aquel al que Maradona, unos meses antes de Sudáfrica y tras un amistoso, ninguneara confundiéndolo con un alcanzapelotas. Pero más irónico todavía es que, en ambas ocasiones, ni los brasileños ni los argentinos sabíamos que lo peor estaba por venir.
Los goles tempraneros condicionan los partidos: cualquier aficionado al fútbol lo sabe y lo repite. Pero lo que pocas veces se dice es que, cuando lo que le sigue es una debacle, en realidad el gol no fue tanto causa sino efecto, síntoma. Y como Brasil en 2014, Argentina venía anunciando hace tiempo su enfermedad.
Que el primer tiempo en Ciudad del Cabo terminara solamente 1-0 fue obra de la casualidad, que en cambio, no se dio una vuelta por Belo Horizonte para ayudar a Brasil. Lo que vivimos con muchos otros colegas fue una batalla totalmente desigual, en la que por momentos daba ganas de aplaudir a uno de los protagonistas, pero también de pedir compasión con el otro, por el que sufría, por el que buscaba infructuosamente cómo revertir su suerte, que estaba echada hace tiempo.
Los mediocampistas alemanes pasaban como autos de Fórmula Uno por todos los flancos de un Mascherano que mostró, al menos ese día, que es un ser humano como cualquier otro. Con Maxi Rodríguez y Di María pensados como piezas de ataque y de abastecimiento para Messi, Tevez e Higuaín, pero no para la contención, Schweinsteiger especialmente, pero también Müller, Podolski, Ozil y hasta Khedira, tenían terreno libre para llegar una y otra vez al área, mientras el Jefecito clamaba por ayuda.
En la última línea, el panorama era un poco peor: con defensores centrales marcando las puntas, Argentina agonizaba, pero Alemania no conseguía rematarla.
Hasta entonces todo había sido más sencillo: con la pelota ante rivales de poco calibre como Nigeria, Corea del Sur y Grecia, y con dos goles tempraneros en octavos ante México, Argentina había conseguido camuflar sus debilidades. Pero cuando llegó un rival que le sacó la pelota y lo atacó en serio, el castillo de naipes se vino abajo. Suena demasiado parecido a lo que vivió Brasil cuatro años después.
No solamente le faltaba contención a Argentina: también le faltaba generación de juego. Algo que se había visto un poco ante Grecia y más ante México empezó a ser la norma: en base a presión, Alemania forzaba a Argentina a que la salida de la pelota pasara por sus laterales. No eran Otamendi y Heinze los más indicados para asumir roles creativos, y menos cuando esa presión se volcaba directamente sobre ellos. Entonces, los pocos intentos de respuesta morían en un pelotazo, en un pase equivocado o en una entrega de pelota que lanzaba otro ataque alemán más.
Desde la tribuna de prensa ya nadie se preguntaba qué iba a pasar, sino cuándo. Y el golpe de gracia llegó en seis minutos, igual que le pasó a Brasil y casi de la misma manera, con Alemania tocando en el área como si no hubiera rivales alrededor. Klose a los 68 y Friedrich a los 74 marcaron una diferencia que Alemania merecía hace tiempo.
Que mientras Alemania liquidaba el partido entraran Pastore y Agüero no hizo más que agravar los males argentinos. Con todavía más espacios y un equipo que pegaba manotazos de ahogado individuales pero sin elaboración colectiva, Alemania no sacó el pie del acelerador, y Klose nuevamente selló el 4-0 muy cerca del final.
Las miradas de incredulidad hace tiempo habían mudado en otras de resignación. A la salida, se veía el mismo gesto en cada uno de los hinchas vestidos de celeste y blanco. Del balde de agua fría inicial se había pasado a la aceptación de la superioridad alemana, a la falta de respuestas tácticas y a la crítica de los errores propios que no habíamos querido ver. Nada que Brasil no haya vivido en carne propia esta semana.
Era la despedida. Mismo rival que cuatro años antes, pero con marcador y circunstancias distintas. Soplaba un viento frío en los alrededores del estadio, una señal cruel pero más que apropiada para el momento. La revancha, si alguna vez llegara, estaba al final de un largo camino, a cuatro años de distancia.
