BUENOS AIRES -- Atrevido, extrovertido, polémico y con una corrida formidable, David Campese llegó al Mundial de 1991 en el éxtasis de su carrera. Con 29 años, el wing australiano fue determinante en todos los partidos, se convirtió en el tryman con seis conquistas y quedó en la historia por su extraordinario desempeño en la semifinal ante Nueva Zelanda. El oriundo de Queanbeyan fue un fuera de serie que a través de su desfachatez, llevó a Australia a obtener la Copa del Mundo.
"¿Stu qué?". Aun no tenía ni un partido con la selección australiana y David Campese ya hacía de las suyas. Todos los diarios neozelandeses se hicieron eco de las polémicas declaraciones del joven rookie australiano que respondía ante la consulta de un periodista por ser el responsable de marcar a la estrella de los All Blacks, Stu Wilson. Era su debut absoluto y ya aparecía en el ojo de la tormenta y en boca de todos. Pero la realidad mostró que el wing, de por aquel entonces 19 años, no era un simple jugador polémico y de lengua picante, sino que tenía todas las condiciones para llegar a lo más alto. Y en la primera pelota que tocó aquel 14 de agosto de 1982, lo dejó demostrado: tras un kick cruzado, Campese amagó, la dejó picar y dejó en ridículo a Wilson que no pudo frenarlo hasta el derrumbe en el ingoal. Fue tan sólo el inicio de una carrera brillante, llena de laureles y ante el primer campeón del mundo, Nueva Zelanda.
Disputó 101 encuentros y marcó 64 tries en quince años con la camiseta amarilla. Con la "11" en la espalda, Campese era una vía de salida, un arma letal que a su vez provocaba varios dolores de cabeza en su propia defensa por el riesgo que brindaba al dejar espacios libres. El tackle fallido a Gordon Hamilton que finalizó en try, en el duelo ante Irlanda por los cuartos de final, es un fiel reflejo de las emociones extremas que podía provocar "Campo". Pero él era diferente y cada vez que tomaba la ovalada sabía que algo iba a inventar. Y bien vale decir que era un "creador", porque sus propios compañeros se sorprendían por movimientos o pases que sólo él podía realizar en los momentos menos esperados. Es por ello, que la cifra de 64 tries con la camiseta de los Wallabies es discutible, ya que el prontuario de conquistas que facilitó a su equipo, superan la marca propia.
El Mundial de las Islas Británicas fue un monumento, una etapa consagratoria que lo alzó al más alto de los pedestales de la historia rica del rugby australiano. Los oceánicos venían con la espina de la derrota decepcionante ante Francia en las semifinales del Mundial de 1987 y sabían que la presión popular otorgaba una responsabilidad que pesaba sobre los hombros de los quince jugadores en cancha. La primera víctima y rival fue el seleccionado argentino, que en menos de siete minutos sufrió en carne propia a Campese con un try que marcó la senda del primer triunfo para el futuro campeón. La alegría por haber inaugurado el marcador y luego completar con un segundo try el resultado, brindaron confianza y tranquilidad a un equipo que había sido castigado por los medios al no haber arribado a la final ante Nueva Zelanda en sus tierras, cuatro años antes. Campese comenzó a brillar pronto: dos tries a los Pumas y uno a Gales lo ubicaron entre los primeros de la tabla de goleadores para llegar a un duelo decisivo ante Irlanda en alza.
Aquel duelo determinante, fue la primera de las actuaciones que explicaría el motivo de la elección de Campese como mejor jugador del torneo. El wing señaló los dos primeros tries de su equipo y en el último minuto asistió a Michael Lynagh para dar vuelta el resultado y poner a los Wallabies en la semifinal de la Copa del Mundo ante el campeón defensor, Nueva Zelanda.
El camino hacia la gloria ya estaba encaminado. Campese ya era catalogado como un héroe y aún faltaba la dura prueba ante los All Blacks para llegar a la instancia que se le había negado en la primera Copa del Mundo. El enfrentamiento ante los hombres de negro sentenció el catálogo de Campese como jugador del momento. Una nueva conquista y una asistencia sin mirar, por arriba de sus hombros, que recibió el nombre del "pase milagroso", le permitieron a Australia sacar una diferencia notable y meterse en la final de un Mundial por primera vez en su historia.
"Campo", como lo llamaban habitualmente, recibió halagos, adjetivos calificativos y felicitaciones de todo tipo. "Él es el Maradona, el Pelé del rugby, todo en uno" salía publicado en las páginas de los diarios más populares de Australia. Y eso que todavía faltaba la frutilla del postre: la final ante Inglaterra, donde Campese no tuve injerencia en el resultado pero lógicamente, sí en el juego.
Australia levantó la copa por primera vez. La sed de revancha se sació con un refresco de gloria comandado por Campese que, con la 11 en la espalda, tomó la bandera y corrió hacia adelante para flamear la bandera de los Wallabies en lo más alto y colocarse en el eslabón más alto de una Copa del Mundo que quedó en la historia.
