La Copa de las Naciones de 1964: la primera gran consagración de Argentina, con una definición victoriosa contra Inglaterra

Hay partidos que construyen una rivalidad. Y otros que el tiempo va escondiendo hasta convertirlos en una nota al pie de la historia. Mucho antes del “despojo” de Wembley. Mucho antes de la mitificación maradoniana en el Azteca. Mucho antes de que Argentina e Inglaterra protagonizaran algunos de los capítulos más apasionantes del fútbol mundial, hubo un cruce que cambió la manera en que la celeste y blanca empezó a mirarse a sí misma.

Fue el 7 de junio de 1964. En un Maracaná colmado, Argentina derrotó 1-0 a Inglaterra con un gol de Alfredo “Tanque” Rojas y conquistó la Copa de las Naciones, un torneo organizado por Brasil para celebrar el cincuentenario de su Confederación de Fútbol.

A simple vista podía parecer una copa amistosa. En realidad, reunió al bicampeón mundial Brasil, a la Inglaterra que apenas dos años más tarde levantaría la Copa del Mundo en Wembley y, también, al Portugal que llegaba con la base del Benfica bicampeón de Europa.

Argentina, en cambio, aparecía como el cuarto candidato, invitado a último momento. Pero terminó siendo el mejor. La Cenicienta del torneo.

En la antesala de una nueva semifinal mundialista entre argentinos e ingleses, aquella conquista vuelve a adquirir una dimensión distinta. Porque mucho antes de que esta rivalidad quedara atravesada por episodios inolvidables, la Selección ya había demostrado que podía competir, discutirles el protagonismo y derrotar a los inventores del fútbol.

Copa de las Naciones, el torneo que le devolvió la autoestima y elevó la imagen de Argentina

Para entender aquella Copa de las Naciones hay que retroceder algunos años. El fútbol argentino todavía cargaba las heridas de los Mundiales de Suecia 1958 y Chile 1962. Las críticas eran feroces. La autoestima estaba golpeada. El prestigio internacional parecía haberse evaporado.

Brasil, mientras tanto, dominaba el mundo después de conquistar las Copas del Mundo de 1958 y 1962. Portugal empezaba a convertirse en una potencia europea e Inglaterra transitaba el proceso que desembocaría en la obtención de su único título mundial.

Nadie imaginaba que la Albiceleste terminaría imponiéndose con una autoridad sorprendente. La campaña fue impecable, de punta a punta. Primero derrotó 2-0 a Portugal, en el Maracaná. Y después llegó una victoria épica: en una de las actuaciones más impactantes de su historia, venció 3-0 a Brasil en el Pacaembú, con una exhibición colectiva frente a Pelé, Gerson, Jairzinho y Gilmar.

Aquel partido también dejó una escena que todavía hoy resulta increíble. Desbordado por la superioridad argentina, Pelé reaccionó con un cabezazo sobre José Agustín Mesiano, a quien que le fracturó el tabique nasal.

Roberto “Oveja” Telch ingresó por el lesionado, se convirtió en figura, marcó dos goles y Amadeo Carrizo completó la obra al atajarle un penal a Gerson.

Después de semejante golpe, Argentina llegó al último partido con una ventaja importante: el empate alcanzaba para dar la vuelta olímpica.

Sin embargo, el equipo no salió a defender un resultado. Salió a imponer un plan.

La noche en que Argentina decidió enfriar a Inglaterra

Las crónicas de El Gráfico resumieron aquella estrategia con un título que sigue siendo una pieza de antología periodística.

“Salimos a enfriar el partido –lo enfriamos– y además lo ganamos”, tituló el semanario argentino. En esa frase cabía toda la propuesta de José María Minella, el entrenador de la celeste y blanca.

Argentina entendió que no debía jugar el partido que pretendía Inglaterra. Administró el ritmo, hizo circular la pelota, bajó la temperatura emocional del encuentro y esperó el momento exacto para golpear.

No fue un partido elegante. Fue un partido inteligente. Y un cruce caliente. Minella tomó una decisión clave y reemplazó a Prospitti por Mario Chaldú, que justamente ese día cumplía 22 años. A los 18 minutos del segundo tiempo llegó la jugada que definió el campeonato.

Chaldú combinó con Ermindo Onega. Todo hacía pensar que buscaría nuevamente al talentoso volante de River. En cambio abrió la pelota hacia Alfredo Rojas. El Tanque sacó un zurdazo cruzado imposible para el arquero Gordon Banks. Argentina era campeón.

Ganar con la cabeza: un “congelador” y un “Tanque” como piezas fundamentales

Quizá el mayor mérito de aquella Selección Argentina fue haber entendido que el talento también consistía en saber administrar los partidos. Las calificaciones publicadas por El Gráfico ayudan a reconstruir esa identidad.

La figura fue Alfredo Rendo. “La pequeña gran figura del campo. Gran actuación. El hombre que manejó el partido, junto con Carrizo. Sin fallas. Perdió dos pelotas en los noventa minutos. El ‘refrigerador’ que congeló el partido”, describió el semanario. No había mejor definición.

Rendo era el futbolista que regulaba los tiempos. El que decidía cuándo acelerar y cuándo dormir el encuentro.

El arquero Amadeo Carrizo, una leyenda imborrable del fútbol argentino, aparecía como el otro gran estratega silencioso. “Muy bien. En las salidas y en la contención. Cortó un centro shot de Charlton en gran jugada. Detuvo un shot del marcador Thompson con gran seguridad. Bien en las entregas. Localizó veinte veces la pelota en el 'fuelle' de Rendo”.

Antonio Rattín, un caudillo, fue el complemento perfecto. “Fuerte para poner la pierna. No se fue nunca. Esperó que llegaran. Con la pelota, se contagió con el tono que impuso Rendo. Acompañó bien en la retención programada. Gran esfuerzo físico”.

La revista también destacó la lucidez de Mario Chaldú, quien entregó lo que hoy sería denominada asistencia. “Gran participación en el gol de Rojas. Pudo tirar. Prefirió asegurar el tanto”.

De todos modos, El Gráfico fue mucho más exigente con el goleador. “Embocó el gol. El mejor y único mérito. Con dos delanteros no se puede enfrentar a 8 defensores”, aseguró sobre “el Tanque”.

Las individualidades importaban, por supuesto. Pero aquella Argentina era, sobre todo, una obra colectiva.

Las imágenes que se llevó Bobby Charlton, figura inglesa y campeón mundial dos años más tarde

Pocas veces un equipo queda mejor explicado por la mirada del adversario que por la propia. Bobby Charlton, uno de los mayores futbolistas de todos los tiempos y figura de la Inglaterra campeona del mundo en 1966, dedicó algunas páginas de su autobiografía a aquella Copa de las Naciones.

Lo primero que dejó escrito fue que esa Argentina era muy distinta de la que Inglaterra había derrotado dos años antes en Chile.

“Jugamos contra un equipo argentino mucho más fuerte que el que habíamos derrotado en Chile dos años antes y perdimos un partido reñido por el único gol”, detalló en “1966: My World Cup Story”.

Hubo, sin embargo, otra imagen que jamás olvidó. Los jugadores ingleses fueron al Maracaná para observar el partido entre Argentina y Brasil. Desde la tribuna vieron cómo la Selección superaba futbolística al bicampeón mundial, pero también cómo imponía su rigor físico.

Los golpes sistemáticos argentinos, según sus palabras, parecían tener la intención expresa de dejar a Pelé fuera de combate. “Alf (Ramsey, el entrenador) se levantó de su asiento y anunció: ‘Caballeros, creo que hemos visto suficiente. Podemos irnos ahora’”, escribió.

También dijo que la celeste y blanca tenía un “fútbol cínico y brutal”, en el cual mezclaba patadas en los tobillo y empujones, pero también contaba con un talento técnico excepcional.

Argentina: el equipo de Minella, el hombre que le dio nombre a un estadio

José María Minella nunca recibió el reconocimiento histórico que sí alcanzaron otros entrenadores de la Selección. Sin embargo, fue él quien reconstruyó un grupo golpeado por los fracasos recientes y lo convenció de que podía volver a competir de igual a igual con cualquiera.

La Copa de las Naciones fue la expresión más acabada de esa idea. Apenas terminado el partido, mientras el vestuario todavía era una fiesta, ya hablaba del siguiente objetivo.

"Vamos a trabajar pensando en el Mundial de Londres. Argentina tiene que jugar en todos lados y recoger experiencia. Hemos sufrido mucho en estos últimos años y no nos volverá a suceder lo de Suecia y Chile”.

La historia, sin embargo, le jugaría una mala pasada. Clasificó al equipo para Inglaterra 1966. Pero nunca dirigiría ese Mundial. La AFA y la situación política del país cambiaron numerosas veces en poco tiempo. Primero lo sustituyó Osvaldo Zubeldía. Sin embargo, Juan Carlos “Toto” Lorenzo dirigió a la Albiceleste en el Mundial 1966.

Paradójicamente, el hombre que había devuelto la confianza quedó al margen de la obra que él mismo había empezado a construir. No obstante, luego tendría su homenaje.

Como exjugador y exentrenador de la Selección Argentina, es considerado uno de los exponentes más destacados de la historia del deporte de Mar del Plata. Por ello, el estadio construido en “la Feliz” para el Mundial 1978 terminaría tomando su nombre. De hecho, Aldosivi, actualmente en Primera División, juega como local en el “José María Minella”.

Copa de las Naciones: una multitud para recibir a los campeones en Ezeiza

La conquista de la Copa de las Naciones produjo un impacto inmediato. La delegación regresó al país el 9 de junio de 1964. En Ezeiza encontró una escena impensada para la época. Miles de personas colmaron el aeropuerto. Muchos hinchas saltaron desde los balcones hacia la pista de aterrizaje para vitorear a los campeones en Brasil.

También hubo un episodio que retrata el respeto que despertó aquella Selección. Mientras los futbolistas argentinos celebraban el título en el vestuario del Maracaná, Gordon Banks apareció buscando a Amadeo Carrizo para intercambiar camisetas. Carrizo tuvo que explicarle que la número uno había quedado en San Pablo y que había atajado con otra numeración. Hasta uno de los mejores arqueros del mundo quería llevarse un recuerdo de ese equipo.

El Gráfico resumió el espíritu de aquellos campeones con un párrafo que terminó siendo casi una declaración de principios. “De aquel equipo que llegó a Brasil para ‘entrar’ cuarto quedaba un grupo humano que ahora se sentía con el derecho y la revancha de salir campeón. Y frente a Inglaterra se trabajó para conseguir esa meta”.

Argentina vs. Inglaterra: un clásico del fútbol mundial que se reedita en el Mundial 2026, a 62 años de aquel triunfo inolvidable

Sesenta y dos años después, Argentina e Inglaterra se enfrentarán en semifinales del Mundial 2026. Los nombres cambiaron. También los sistemas, las velocidades y hasta el tamaño del torneo.

Lo que permanece es el recuerdo de aquella Selección que decidió dejar de sentirse inferior frente a las grandes potencias y empezó a demostrarlo en la cancha.

La Copa de las Naciones suele quedar escondida detrás de otros episodios mucho más famosos de esta rivalidad.

Sin embargo, fue allí donde Argentina dio uno de sus primeros grandes pasos. No solamente porque levantó un trofeo. También porque recuperó una convicción que parecía perdida: la de mirar de frente a los mejores equipos del mundo.

Antonio Rattín no alcanzará a ver este nuevo cruce mundialista de 2026. Murió este sábado 11 de julio, apenas unas horas antes de que argentinos e ingleses sellaran sus respectivas clasificaciones a las semifinales.

A pesar de la tristeza para todo el fútbol argentino por la partida física de “el Rata», hay una ironía hermosa en esa coincidencia. Porque uno de los homenajes más profundos que recibió el caudillo de aquella Selección no llegó desde Argentina. Lo escribió Bobby Charlton, el hombre que dos años después levantaría la Copa del Mundo.

“Rattín, como yo lo había visto en el Mundial de Chile dos años antes y en el partido contra Brasil en Río, era un ejemplo notable. Era alto y dominante y tenía un toque encantador y la visión más aguda mientras buscaba dictar el flujo del juego desde el mediocampo”, contó en el libro citado.

Es difícil imaginar un reconocimiento más valioso. Venía de un rival. De uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos. Y también sirve para explicar aquella noche del Maracaná de 1964.

Mucho antes de la rebeldía de Rattín en Wembley en 1966, el ascenso de Maradona al Olimpo en el Azteca en 1986 o la victoria agónica, por penales, en Saint-Étienne en 1998, ya había existido una Selección Argentina capaz de derrotar a Inglaterra desde la inteligencia, el manejo de los tiempos, la personalidad y el fútbol.

Quizás allí hay guardado un mensaje de optimismo que funciona de puente entre los orígenes y la actualidad: los triunfos épicos contra los inventores del deporte más apasionante del planeta. Una de esas alegrías como las que Messi, Scaloni y compañía se imaginan para el miércoles 15 de julio en Atlanta.