Tormentas, vuelos en helicóptero y encuentros inesperados marcaron las 48 horas previas a la segunda corona mundial de La Roja
EAST RUTHERFORD, Nueva Jersey -- La tarde del domingo en Nueva Jersey se convirtió en un acontecimiento celestial para España, que añadió una segunda estrella a su camiseta roja, pero las 48 horas previas a la final de la Copa Mundial de la FIFA estuvieron llenas de momentos que hacían pensar que “había algo en el aire” alrededor de La Roja.
Todo comenzó el viernes por la tarde en Midtown Manhattan, cuando Rodri, capitán de España, observaba por la ventana del enorme edificio donde ambos equipos ofrecían sus conferencias de prensa previas al partido. Le habíamos contado que ese punto del imponente río Hudson estaba a unos cuantos cientos de metros del lugar donde el capitán Chesley “Sully” Sullenberger logró amerizar el vuelo 1549 de US Airways después de que el impacto de unas aves provocara la falla de los dos motores. Todos los pasajeros y miembros de la tripulación sobrevivieron.
La sala 504 del Javits Center tiene ventanales de piso a techo de más de 21 metros de altura, con vistas al tramo de agua que separa algunas de las propiedades más codiciadas del mundo de Nueva Jersey. Rodri se quedó allí, contemplando la escena con asombro y preguntándose en voz alta cómo demonios era posible que nadie hubiera muerto durante aquel aterrizaje, en pleno invierno.
Después realizó nuestra entrevista con su habitual claridad, elocuencia e intensidad al comunicarse. Fue un placer. Sin embargo, regresaría por carretera a la concentración de España en Montclair, aunque escoltado por una caravana policial. ¿El entrenador? Él tomaría los aires a su manera.
Después de recibir los elogios de Novak Djokovic y Kevin Hart, y de saludar afectuosamente a Lionel Messi, Luis de la Fuente y dos de sus colaboradores más cercanos, incluido el director deportivo y campeón de la UEFA Champions League con el Real Madrid, Aitor Karanka, se dirigieron al helipuerto para volar hasta Newark, camino de su cuartel general temporal.
De la Fuente disfrutó mucho la experiencia y contempló con el mismo asombro que Rodri el río Hudson en todo su esplendor. El jueves Nueva York había estado cubierta por el humo provocado por los terribles incendios forestales de Canadá, pero el viernes el cielo estaba brillante, despejado y azul. Después pasaron junto al MetLife Stadium, donde el entrenador sabía que, dos días más tarde, tendría la oportunidad de subir al podio de los más grandes de todos los tiempos.
Momento inesperado
Luego se produjo un pequeño y bonito momento. Mientras el cuerpo técnico de España bajaba del helicóptero y cruzaba la plataforma en dirección a la puerta de la terminal privada, uno de los mejores deportistas de todos los tiempos los estaba esperando.
Tom Brady había llegado en un vuelo anterior, pero se quedó allí porque quería decirle algo a De la Fuente. Ese algo fue: “Buena suerte, amigo. Vayan y acaben con ellos”.
Brady siempre fue un experto dando pases y, en esta ocasión, decidió pasarle su apoyo a España.
El sábado fue una historia diferente. El mismo cielo que el domingo dejaría caer una estrella sobre España, y al que De la Fuente suele dar gracias porque es religioso y un hombre de fe, desató algunas de las fuerzas naturales más salvajes. Un fenómeno que hizo un gran trabajo arruinando los planes de la selección.
Todos salieron desde la concurrida Bloomfield Street, donde estaba situado el hotel. Hubo gritos, ovaciones, peticiones de autógrafos, cánticos de “¡Viva España!”, vehículos policiales y todo lo habitual. El cielo estaba un poco gris, pero las condiciones parecían normales.
Cuando todos llegamos a las instalaciones de entrenamiento del New York Red Bulls en East Hanover, a unos 20 minutos de distancia, el ambiente era pesado y amenazante, cargado de lluvia, aunque algo todavía peor se escondía en las alturas.
Justo cuando permitieron que la prensa internacional ingresara a los campos de entrenamiento y comenzara a instalarse detrás de las vallas metálicas, el personal de seguridad local salió corriendo y, con mucha firmeza y una creciente desesperación, ordenó que todos regresaran al edificio que había servido como sala de espera para los, literalmente, cientos de periodistas, fotógrafos y trabajadores de televisión que habían acudido para informar sobre los futuros campeones.
Uno de los miembros de seguridad, particularmente enérgico y con las mejores intenciones, simplemente no podía entender por qué la gente no corría para ponerse a salvo. La información que traía era que una tormenta eléctrica llegaría en cuestión de minutos y que se estaba activando un protocolo establecido en Estados Unidos.
Era una situación completamente desconocida para la inmensa mayoría de los periodistas presentes y también para el cuerpo técnico de España.
No entendían lo que pasaba
Al principio hubo un enfrentamiento. Los medios se retiraron, pero los jugadores y entrenadores españoles querían entrenar. La idea de que no fueran a permitirles hacerlo les parecía inconcebible. Finalmente, como son personas razonables, aceptaron las indicaciones del personal de seguridad de los Red Bulls y de la policía local.
Sin embargo, como suele suceder con los futbolistas, comenzó a surgir una especie de motín. Estos jugadores, tanto los más jóvenes como los veteranos, habían trabajado durante toda su carrera para tener una oportunidad como aquella: convertirse en campeones del mundo. Por eso se entiende que toda su atención estuviera puesta en completar la sesión de trabajo.
Desde que llegaron a Chattanooga el 5 de junio, los entrenamientos habían sido para ellos lo que las espinacas eran para Popeye. Habían trabajado con un ritmo, una velocidad, una intensidad y una confianza cada vez mayores. ¿Se les podía culpar por no comprender completamente la gravedad de las advertencias meteorológicas y por insistir en completar la sesión de la mañana?
Mientras nos refugiábamos en una habitación donde el agua de la lluvia se filtraba por una gotera en el techo, algunos jugadores de De la Fuente avanzaron por el túnel que conecta los vestuarios con el campo. Entonces, dos enormes y estruendosos rayos cayeron delante de ellos, provocando una aceleración que solo mostrarían en contadas ocasiones durante la noche siguiente en el MetLife Stadium.
Para entonces ya no había ninguna duda.
Entrenamiento cancelado.
El resto del día lo pasaron de distintas maneras. En una suite del tercer piso del hotel, que había sido convertida en una peluquería para que pudieran arreglarse el cabello y la barba exactamente como querían para la gran noche, el televisor estaba encendido y alrededor de una docena de jugadores observaba aquel alocado partido por el tercer lugar entre Inglaterra y Francia, que por momentos parecía protagonizado por los Harlem Globetrotters.
Más tarde, mientras este cronista bebía un par de pintas de Guinness con su brillante camarógrafo australiano, el bar de la azotea estaba lleno con una docena de los futuros campeones del mundo, acompañados por amigos, padres, abuelos y parejas.
Los jugadores no bebían alcohol, pero el ambiente era alegre, ruidoso y feliz. No había ni el menor indicio de nervios.
La preparación perfecta.
Gran ambiente
Después llegó el infierno provocado por los disparates antifutbolísticos de Argentina y su desagradable actitud posterior al partido. Sin embargo, en el vestuario español apareció el mismo ambiente de “esto es lo que hacemos” que presencié cuando estuve en el camerino de los campeones del Mundial de 2010 y de la Eurocopa 2012.
Al principio hubo lágrimas y alegría, por supuesto, pero después apareció cierta naturalidad, una sensación de: “Esto es para nuestras familias, esto es lo que vinimos a hacer”.
España asumió rápidamente que tener dos estrellas en la camiseta era la nueva normalidad.
En el campo entrevisté a Ferran Torres sobre su gol y me dijo: “Realmente no lo pensé. Simplemente le pegué con toda la fuerza del pueblo español”.
Él, Marcos Llorente y Marc Pubill habían sido “los chicos del sol”. Se levantaban al amanecer para observar la salida del sol, sin importar la ciudad en la que se encontraran: Chattanooga, Atlanta, Guadalajara, Dallas, Los Ángeles o Montclair. Se quitaban la camiseta para absorber los rayos solares siempre que tenían la oportunidad.
Entonces llegó el momento de Ferran. Al igual que Cesc Fàbregas en 2010, cuando salió del banquillo después de no haber jugado tanto como habría deseado y dio la asistencia del gol del triunfo de Andrés Iniesta, Ferran estaba preparado.
Pedri hizo su celebración sacando la lengua cuando me vio cerca del círculo central. Gavi me mostró su medalla. El médico de la selección, a quien conozco desde hace 18 años, me abrazó y a los dos se nos humedecieron los ojos.
Entonces el enorme, brillante y adorable Borja Iglesias me agarró, comenzó a saltar conmigo y me dijo: “Graham, eres español, tienes dos estrellas... ¡eres el p*t* amo!”.
Después regresaron a Newark, nuevamente hacia arriba, hacia el cielo, hacia aquellas estrellas que alguna vez desearon y que ahora poseen por partida doble. De allí partieron rumbo al absoluto y alegre caos de Madrid, con las calles repletas de personas que querían celebrar junto a ellos.
Campeones del mundo, sí, pero también personas divertidas, interesantes, dedicadas, intensas y graciosas.
Haber convivido con ellos, aunque fuera durante un breve periodo, ha sido el mayor privilegio de mi vida profesional.
