Riquelme y el Topo Gigio: la imagen que marcó para siempre un Boca vs. River

Hay goles que valen por un resultado. Otros, por el rival. Y algunos, muy pocos, por lo que representan. El 8 de abril de 2001, en una Bombonera encendida por un Boca Juniors vs. River Plate, Juan Román Riquelme hizo uno de esos que no se olvidan. No por la forma, ni siquiera por el contexto, sino por lo que vino después.

Porque ese día, por la fecha 10 del Clausura, en el 3-0 del Xeneize sobre el Millonario, Román convirtió de cabeza tras un penal atajado. Pero el gol fue apenas el inicio. Lo eterno llegó en el festejo: dos manos en las orejas, una mirada desafiante y un gesto que cruzó el tiempo para convertirse en símbolo. Fue el segundo de la goleada, Hugo Ibarra había puesto el 1-0 y Guillermo Barros Schelotto remataría la faena.

Riquelme y el gol que nació dos veces

La jugada tuvo algo de destino. Penal para Boca. Riquelme toma la pelota, camina con su calma habitual, patea… y Franco Costanzo responde. Ataja. Durante un segundo, el grito queda suspendido en el aire, como si el gol se negara a existir.

Pero Román no se detiene. Sigue la jugada, lee el rebote antes que nadie y aparece donde debía estar. Salta, conecta de cabeza y la empuja a la red. El gol nace por segunda vez. Y esta vez, sí, se queda para siempre.

El Topo Gigio, el gesto que dijo todo sin decir nada

Entonces llega la imagen. Riquelme se acerca, se planta frente al palco y lleva sus manos a las orejas. El Topo Gigio. Un gesto simple, casi infantil, que con los años se transformaría en una de las escenas más poderosas del fútbol argentino.

“Fue para mi hija, le gusta el Topo Gigio”, diría después. Y era cierto. Pero también lo era todo lo demás. Porque en ese silencio había un mensaje. Uno que apuntaba hacia arriba, hacia la dirigencia encabezada por Mauricio Macri, en medio de tensiones que ya no se podían ocultar.

Una Bombonera rendida a los pies de Juan Román Riquelme

El partido, para entonces, ya era de Boca. Superior, intenso, dominante. Pero lo que terminó de convertir esa tarde en inolvidable fue la conexión entre el equipo y la gente. Cada toque de Riquelme bajaba con aplausos, cada pausa tenía sentido, cada intervención parecía escrita.

La Bombonera no solo celebraba un resultado. Celebraba a un jugador que la representaba. Que jugaba a su ritmo, que decía las cosas a su manera y que, incluso en el gesto más pequeño, lograba generar algo inmenso. Ese día, Román dejó de ser figura para convertirse definitivamente en ídolo.

Un símbolo que no envejece

Pasaron los años, cambiaron los equipos, los contextos y las generaciones. Pero esa imagen sigue intacta. El gol, el rebote, el cabezazo y el gesto. Todo forma parte de una misma escena que el tiempo no logró desgastar.

Porque no fue solo un gol en un Superclásico. Fue una declaración. Un momento donde el fútbol, la emoción y el mensaje se cruzaron en un mismo punto. Y desde entonces, cada vez que alguien lleva las manos a las orejas, no hace falta explicar nada: todos saben de qué se trata.

El día que Riquelme habló en silencio

El 8 de abril de 2001 quedó marcado como una de esas fechas que no necesitan repetición para mantenerse vivas. No hace falta ver el partido completo, ni recordar cada jugada. Alcanza con una imagen.

La de Juan Román Riquelme, de pie, en silencio, diciendo todo. Porque ese día convirtió un gol. Pero sobre todo, construyó un lenguaje propio. Uno que todavía hoy, más de dos décadas después, sigue siendo imposible de olvidar.