BARCELONA -- El Barça jugando a la contra y el Real Madrid dominando a través de la pelota. El Barça encerrado en su área y el Madrid achuchando. El Barça sufriendo y el Madrid protestando penalties. Casemiro imponente y De Jong impotente. Benzema solidario y Suárez silencioso. El Barça sometido y el Madrid mandando. El Barça celebrando la resistencia y el Madrid lamentando el empate.
En el Camp Nou. Sí, en un escenario que por tal o por cual hace un año se firmó la sentencia de Lopetegui a través de un engañoso 5-1 y cuya hinchada se ha acostumbrado a ver un juego demasiado a menudo ramplón mientras cruza los dedos cada vez que el Mesías toma la pelota suspirando con que le despierte.
La decadencia llama a la puerta y todos miran hacia otro lado sin atender a que el modelo que hizo grande a este Barça empieza a ser un recuerdo. Ahora se corre sin balón cuando antes se corría con él. Y ese, al final, es el gran y terrible cambio.
El conformismo que envuelve al club empieza a ser tan habitual que exhibiciones como la ofrecida frente al Mallorca son apenas una excepción. El equipo de Valverde se ha entregado a la ida y vuelta sin más. Ter Stegen ya no juega en corto, sino que busca pases profundos con los que romper la línea de presión rival y los mediocampistas se convierten en meros acompañantes sin protagonismo, esperando a que Messi se muestre, a que Griezmann esprinte o, lo más inhabitual, a que Suárez machaque.
“Les hemos quitado la pelota”, exclamó Sergio Ramos al acabar el Clásico en una frase que resume el estado de sumisión en que se encuentra un Barça que intenta agitarse a través del vértigo, algo impensable en sus mejores días y que hoy es una realidad. Falto de un guión lógico, el Barça sobrevive como buenamente puede y muestra la clasificación para ocultar sus carencias futbolísticas, confiado en que todo mejorará... Por más que a cada partido que pasa aumenta la duda que eso ocurra.
El Barça de 2019, como el de 2018, se parece cada vez más peligrosamente al de 2007 o 2008. Momentos de decadencia tras la opulencia, días de conformismo que siguieron a los de la alegría y la brillantez.
Esperando la revolución personalizada por De Jong, el Barça sigue agarrado a Messi como principal y acaso único argumento futbolístico y el tiempo, que no perdona, lo engulle sin que desde el club se decida a dar un golpe sobre la mesa. El tiempo se acaba.
