¿Cuál fue el mejor partido de Messi en la Selección Argentina?

"Andá pa'allá, bobo".

La frase recorrió el mundo. Lionel Messi todavía tenía el corazón caliente, al igual que todos los hinchas argentinos. Era Leo, pero parecía Diego. La frase maradoneana fue una autopista de Rosario a Fiorito. Una conexión entre México 1986 y Qatar 2022. Un viaje emocional que recorrió el alma y el cuerpo de todos los que habían visto los dos caminos, la sentencia de que esta vez sí, lo maravilloso podía suceder de verdad.

Había una cámara enfrente, un periodista esperando y un rival fuera de escena. Pero Messi, infinito sobre el césped, seguía jugando fuera. Después de los goles, los empujones, el empate imposible y los penales, le quedaba algo por decir. Esa frase, dirigida a Wout Weghorst, fue el último desborde de una noche en la mostró todo.

Messi edificó su obra cúlmine con los pies y le puso el sello con sus palabras.

Para elegir el mejor partido de Lionel Messi en la Selección Argentina, hay que decidir primero qué significa jugar mejor. Su carrera tiene partidos para todos los gustos. Sin embargo, por la dimensión del escenario, la jerarquía del rival y la transformación que provocó en su figura, el encuentro contra Países Bajos en los cuartos de final del Mundial de Qatar 2022 merece el lugar de privilegio absoluto.

El 9 de diciembre de 2022, en Lusail, Messi reunió al futbolista extraordinario y al capitán dispuesto a discutir con cualquiera por los suyos. Argentina ganó 4-3 por penales después de un 2-2 que la llevó del dominio a la desesperación. Y el vínculo entre su número diez y el hincha adquirió una intimidad difícil de explicar con estadísticas.

Argentina-Países Bajos: una noche para cambiar de piel

Messi pasó de todo con Argentina. Hubo frustraciones y renuncias. Hubo alegrías y reencuentros. La Copa América de 2021 había terminado con la espera de un título con la selección mayor. Messi llegaba a Qatar acompañado por un equipo que lo entendía y por una multitud que quería verlo feliz. El amor estaba. En Lusail encontró otra forma de expresarse.

Enfrente apareció un adversario con peso propio en la memoria argentina. Países Bajos remitía a la final de 1978, en aquellos tiempos Holanda. También al golpe de Dennis Bergkamp en 1998 y a los penales de 2014. Su entrenador, Louis van Gaal, una relación contaminada con los hinchas argentinos por Juan Román Riquelme y su etapa en Barcelona, añadía una presencia que excedía el banco de suplentes: experiencia, personalidad y declaraciones previas que Messi tomó como un desafío.

Eran los cuartos de final de la Copa del Mundo. Messi necesitaba un título mundial para su carrera. A los 35 años, el capitán argentino volvía a encontrarse ante esa puerta que separa un torneo con triunfos de la posibilidad concreta de ser campeón. Toda una vida deportiva podía cambiar de dirección en una pelota.

Y la primera que cambió el partido salió de su pie izquierdo.

El pase a Nahuel Molina: la genialidad antes de la furia

A los 35 minutos, Messi recibió y avanzó contra la defensa naranja. Nahuel Molina, poco habitual en ese sector de la cancha, sorprendió al atacar el espacio desde la derecha. Entre ellos había defensores, piernas y una línea de pase que parecía cerrada.

Messi, artista con el balón en los pies, encontró la grieta.

La asistencia atravesó la defensa y dejó al lateral en posición de definir ante Andries Noppert. Molina resolvió con la precisión que exigía semejante regalo. Argentina estaba arriba.

Hay jugadas que necesitan varias repeticiones porque la primera mirada sigue al protagonista equivocado. En esta, los ojos se quedan con Messi mientras él ya resolvió lo que va a suceder unos metros más adelante. Típico en su carrera. En español en Barcelona. En Francés en PSG. En inglés en Inter Miami. Lenguaje universal en la Selección Argentina. La inteligencia del pase estuvo también en el engaño: atrajo la atención, escondió la intención y entregó la pelota en el momento justo.

Ese era el fundamento de todo lo que vendría después. Antes de levantar la voz, Messi había abierto un partido cerrado con una acción que muy pocos cracks en la historia podían imaginar.

El Topo Gigio a Van Gaal y el Messi más maradoneano

En el segundo tiempo, Marcos Acuña consiguió un penal y Messi convirtió el 2-0. Después se plantó frente al banco neerlandés, llevó las manos a las orejas y sostuvo el gesto. El Topo Gigio, inevitablemente asociado a Juan Román Riquelme, tuvo a Van Gaal como destinatario.

La escena permite entender qué tuvo de maradoneana aquella actuación. Messi asumió el conflicto de manera pública. Se sintió cuestionado, respondió y convirtió la disputa en un asunto propio. No parecía otro: ya era otro. El capitán defendía su fútbol, a sus compañeros y el derecho de ese equipo a seguir soñando.

La comparación con Diego cobra sentido en esa forma de representar. El diez podía inventar el gol y también expresar la bronca de la tribuna. El hincha reconoció algo familiar: las ganas de contestar cuando el partido se juega también con palabras.

Tiempo después, Messi reconoció que aquellos gestos surgieron en el momento y que no le gustó lo que pasó. Pero el fútbol es todo esto: lo que se hace, lo que se escucha y lo que se dice. Esa revisión vuelve más humana la escena: fue una reacción bajo una presión extraordinaria, con todo lo que puede tener de desmedida. Así lo explicó en su entrevista posterior al Mundial.

La batalla de Lusail: sostenerse cuando todo se derrumba

Con el 2-0, Argentina parecía tener la clasificación al alcance. Van Gaal recurrió al juego aéreo y Weghorst cambió la historia: descontó de cabeza a los 83 minutos y empató en el undécimo minuto agregado, después de una jugada preparada de tiro libre.

El golpe fue brutal. Argentina tuvo que disputar un alargue cuando ya había sentido las semifinales en las manos.

Ese tramo también cuenta al elegir el mejor partido de Messi con la Selección. La actuación incluye lo que un maestro del fútbol como él hace cuando el escenario deja de estar a favor. Había que seguir pidiendo la pelota, volver a atacar y llegar entero a otra definición desde los doce pasos.

Dibu Martínez atajó los disparos de Virgil van Dijk y Steven Berghuis. Messi convirtió el primer penal argentino, su segundo de la noche ante Noppert. Lautaro Martínez cerró la tanda y desató el festejo. El resumen del encuentro registra el 2-2 y el triunfo argentino por 4-3 en los penales.

El capitán necesitó a sus compañeros. Ellos respondieron. También ahí se reconoce a la Argentina campeona del mundo: Messi podía conducirla porque había un equipo en forma de columna vertebral que era capaz de sostenerlo.

Australia, Croacia y Francia: los otros partidos que alimentan el debate

La elección tiene competencia dentro del mismo Mundial.

Ante Australia, en octavos de final, Messi abrió el marcador en el triunfo por 2-1 y fue clave para ganar. Ya se veía a un capitán que entendía los tiempos del equipo y encontraba recursos cada vez que la pelota pasaba por él.

Contra Croacia, en semifinales, convirtió de penal y construyó una asistencia formidable para Julián Álvarez después de superar a Joško Gvardiol. Nada por aquí, nada por allá. Aquel 3-0 contiene uno de los argumentos más fuertes para quienes eligen la superioridad futbolística como criterio principal. FIFA destacó su actuación y la jugada ante el defensor croata.

La final contra Francia tiene el peso máximo del resultado. Messi marcó dos goles, convirtió en la tanda y levantó su primera Copa del Mundo después del 3-3 y el 4-2 en los penales. Fue la consagración que le dio sentido definitivo al recorrido. Así quedó registrada aquella final.

Sin embargo, el partido ante Países Bajos reúne otra clase de valor: la genialidad, el enfrentamiento, el miedo a perderlo todo y la capacidad de seguir adelante convivieron en una misma noche. Fue el traspaso de estrella a leyenda. El pase a Molina y el Topo Gigio pertenecen al mismo partido. También el penal sereno y los dardos de fuego, hechos palabras, en zona mixta.

Por qué el mejor partido de Messi con Argentina fue contra Países Bajos

La elección siempre será subjetiva, pero este partido es, en sí mismo, una interpretación de su carrera. Se apoya en el fútbol que produjo, en el rival que enfrentó y en lo que esa actuación dejó en la memoria colectiva.

Messi jugó aquella noche iluminado. Tenía un aura que lo perseguía desde el minuto cero. Pero pasó algo: pasó de extraordinario a carismático. De reconocido a ídolo sin escalas. Su talento estaba a la vista desde hacía años. En Lusail, también quedaron a la vista sus nervios, su enojo y su manera de hacerse cargo. La transformación alcanzó a quienes lo miraban: el genio que tantas veces había parecido lejano hablaba, protestaba y se desahogaba como ellos.

Por eso el "Andá pa'allá, bobo" sobrevivió al partido. Fue una frase espontánea que el hincha adoptó como recuerdo de algo mucho más grande: la noche en que sintió que Messi estaba peleando su misma pelea.

Nueve días después, en ese mismo estadio, levantó la Copa del Mundo.

Contra Países Bajos no solo había logrado un pasaje a semifinales: había terminado de cambiar de piel.